Trabajando un fotorreportaje
Siempre recuerdo mi primer fotorreportaje en LPG. Fue la historia de Caleb Barahona, un niño que vivía en un cafetal del volcán de San Salvador y que trabajaba en la época de la corta de café para comprarse la Navidad.Encontré a Caleb un día que buscaba fotos para el tema del cultivo del café y su sonrisa inocente me atrajo como un imán. Sabía casi, como por instinto, que ahí había una historia más allá que la foto que va en las páginas de todos los días.
A través de siete años trabajando en el periódico uno aprende a confiar en eso que algunos conocen como “olfato periodístico” y que muchas veces es producto de la casualidad y de andar los ojos bien abiertos. El fotógrafo que quiera dar un paso al fotoperiodismo debe aprender a ver más allá de lo que todos miran frente a sus narices.
Recuerdo que para lograr contar la historia de Caleb bastó con madrugar, ver cómo el pequeño adormitabo iba rumbo al cafetal donde sus pequeños dedos se “enmielaban” cuando cortaba los frutos de los cafetos. Ahí comía, jugaba con sus amigos y soñaba con algún día tener una bicicleta Bastó con estar siempre cerca, buscar perspectivas, iluminaciones, y acompañar su labor del niño de principio a fin, a la forma de una crónica fotográfica para lograr un número decente de fotografías para rellenar dos páginas en el periódico.
Cuando uno empieza a adentrarse en esto de contar historias ya la simple crónica fotográfica se vuelve débil cuando se trabajan temas más complejos, que requieren de más tiempo para su elaboración. Requieren de investigación, hacer contactos y formar relaciones de confianza con nuestros sujetos fotográficos, saber moverse como un fantasma para captar momentos sin posar, leer mucho, y sobre todo se debe tener claro cuál es el propósito de tu tema y que esto no se convierta en un recopilación de fotos desconectadas unas de otras.
La labor de un buen editor, que empieza con el fotógrafo con la cámara puesta en el ojo, es saber encontrar esas fotos que hacen falta para darle sentido a un tema. Saber encontrar esos momentos de angustia, alegría, tristeza, retos y luchas de los personajes en las historias que hay que contar, acompañarlo todo con una buena composición. Se trata de hacer de tu trabajo algo parecido a una montaña rusa para el lector. Un viaje a través de fotos que impacten y que obliguen al lector a pensar, a reír y a llorar.
Un consejo para aquellos que buscan empezar a contar historias a través de la imagen es que se sientan plenamente identificados con las personas a las que uno le retrata la vida. Sepan que mientras más a pecho se tomen sus historias, mejores imágenes se pueden lograr. Imágenes que sean la diferencia de un trabajo mediocre a una historia capaz de mover la opinión de personas que pueden pensar totalmente diferente a ustedes.
En la redacción de un periódico no siempre hay tiempo para hacer historias de años de seguimiento como el trabajo que le costó la vida a Cristian Poveda. Sin embargo, esas historias, esas que se planean bien, son las que influyen en última instancia en la sociedad. Son trabajos que hacen valer la pena los sacrificios y las lágrimas que muchos soltamos cuando nos enamoramos de nuestros temas.
Siempre recuerdo mi primer fotorreportaje en LPG. Fue la historia de Caleb Barahona, un niño que vivía en un cafetal del volcán de San Salvador y que trabajaba en la época de la corta de café para comprarse la Navidad.
Encontré a Caleb un día que buscaba fotos para el tema del cultivo del café y su sonrisa inocente me atrajo como un imán. Sabía casi, como por instinto, que ahí había una historia más allá que la foto que va en las páginas de todos los días.
A través de siete años trabajando en el periódico uno aprende a confiar en eso que algunos conocen como “olfato periodístico” y que muchas veces es producto de la casualidad y de andar los ojos bien abiertos. El fotógrafo que quiera dar un paso al fotoperiodismo debe aprender a ver más allá de lo que todos miran frente a sus narices.
Recuerdo que para lograr contar la historia de Caleb bastó con madrugar, ver cómo el pequeño adormitabo iba rumbo al cafetal donde sus pequeños dedos se “enmielaban” cuando cortaba los frutos de los cafetos. Ahí comía, jugaba con sus amigos y soñaba con algún día tener una bicicleta Bastó con estar siempre cerca, buscar perspectivas, iluminaciones, y acompañar su labor del niño de principio a fin, a la forma de una crónica fotográfica para lograr un número decente de fotografías para rellenar dos páginas en el periódico.
Cuando uno empieza a adentrarse en esto de contar historias ya la simple crónica fotográfica se vuelve débil cuando se trabajan temas más complejos, que requieren de más tiempo para su elaboración. Requieren de investigación, hacer contactos y formar relaciones de confianza con nuestros sujetos fotográficos, saber moverse como un fantasma para captar momentos sin posar, leer mucho, y sobre todo se debe tener claro cuál es el propósito de tu tema y que esto no se convierta en un recopilación de fotos desconectadas unas de otras.
La labor de un buen editor, que empieza con el fotógrafo con la cámara puesta en el ojo, es saber encontrar esas fotos que hacen falta para darle sentido a un tema. Saber encontrar esos momentos de angustia, alegría, tristeza, retos y luchas de los personajes en las historias que hay que contar, acompañarlo todo con una buena composición. Se trata de hacer de tu trabajo algo parecido a una montaña rusa para el lector. Un viaje a través de fotos que impacten y que obliguen al lector a pensar, a reír y a llorar.
Un consejo para aquellos que buscan empezar a contar historias a través de la imagen es que se sientan plenamente identificados con las personas a las que uno le retrata la vida. Sepan que mientras más a pecho se tomen sus historias, mejores imágenes se pueden lograr. Imágenes que sean la diferencia de un trabajo mediocre a una historia capaz de mover la opinión de personas que pueden pensar totalmente diferente a ustedes.
En la redacción de un periódico no siempre hay tiempo para hacer historias de años de seguimiento como el trabajo que le costó la vida a Cristian Poveda. Sin embargo, esas historias, esas que se planean bien, son las que influyen en última instancia en la sociedad. Son trabajos que hacen valer la pena los sacrificios y las lágrimas que muchos soltamos cuando nos enamoramos de nuestros temas.
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Katia V.
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