LEJANO ESTE | Parte IX: La casita de botellas

 

Dicen que los finales son tristes y este tour al Lejano Este casi ha terminado, pero no con tristeza, sino con mucha alegría de haber conocido tantas buenas personas y tan hermosos lugares de El Salvador. Bueno, dije casi porque me hace falta recorrer un buen trecho de regreso a casa. Ya he dicho esto antes y es que a pesar de que recorramos el mismo camino en bicicleta, nunca es igual, ya que es posible que no hayamos visto algo o, simplemente, algo nuevo puede suceder.


En cicloturismo, al planear tramos largos como este, hay que establecer un paso desde el principio y todo hay que hacerlo sin prisas. Aquí no hay que batir récord ni marcas. Esto es debido a que las distancias son largas y junto al peso de la bicicleta acelerar el pedaleo no es una opción inteligente. Eso sí, hay que ponerse motivaciones como descansar a tal hora en tal lugar para ver un paisaje, etc. Recuerdo que en Conchagua el joven John nos había dicho que había un buen restaurante de comida china en Usulután, el Hong Kong; nos había recomendado el arroz cantonés. En mi mente me veía comiendo ese delicioso platillo justo al mediodía, cuando planeaba llegar a esa ciudad, pero hacía falta mucho camino por delante.

Los gallos

Emprendimos muy temprano el viaje en Conchagua y la idea era recorrer los 96 km que la separan de Usulután, si no teníamos desperfectos mecánicos, serán unas seis a siete horas de pedaleo. Emprendimos el viaje a las 5 de la mañana en punto, aún cuando no había salido el sol, pues por razones obvias quería pasar todo este tramo de carretera hasta El Delirio a una hora más fresca.

Una cosa curiosa es que en Conchagua, al parecer, hay una sobrepoblación de gallos o es que a los pobladores les gustan mucho estas aves, ya que en la madrugada se escucha un coro de gallos que rompía lo negro de la noche. Cantaba uno por acá y otro más lejos, y así iban haciendo como un coro de cacaraqueos que al mezclarse eran como una melodía peculiar. Generalmente no dejan dormir, pero solo y a esta hora de la madrugada su bullicio era una compañía.

En tres horas recorrimos el tramo hasta el cerro El Capulín, el cual fue tranquilo. Con el sol todavía adormilado detrás de los cerros, la subida era menos pesada sin el fuerte calor. Aun así la temperatura era de 26 °C, para ser de madrugada estaba caliente. Cuando llegamos a la cima del cerro eran casi las 9 de la mañana y el descenso, al igual que la vez anterior, fue formidable: era una larga bajada que nos llevó hasta el redondel del Delirio. Ahí en la gasolinera desayunamos formalmente; recargamos agua y unas golosinas, como motivación, y comenzamos a pedalear hacia la carretera del Litoral. Ya el sol quemaba la piel.

Esta zona del Este salvadoreño es muy activa en la ganadería y por las mañanas los ganaderos llevan a las reses para ir a pastar. Una actividad que parecería normal es un momento bastante tenso: los ganaderos tienen que evitar que las reses salgan a galope a la carretera, porque los camiones y automóviles, como ya lo habíamos dicho en un capítulo anterior, no respetan los límites de velocidad y es como que si no vieran lo que hay en la carretera.

La casita de botellas

Más adelante, en un tramo recto de la carretera, ya llegando al cantón El Borbollón, vi a una persona caminando a lo lejos y a medida que me acercaba observé que era una anciana con un montón de leña. Caminaba encorvada por el peso que llevaba y lo hacía lentamente. Se me rompió el corazón al ver a la señora haciendo tal esfuerzo y le dije que la ayudaba. Subimos la leña a la bicicleta y calculo que pesaba unas 40 libras. Al preguntarle a ella para dónde iba, me dijo que “a la casita de botellas” . No entendí qué me quería decir. La acompañé. Mientras caminábamos continuaba recogiendo leña y le pregunté para qué la necesitaba, me dijo que “para hacer quesadillas”.

Su nombre es María Bersabé Ponce y tiene 86 años. el 1 de mayo de este año cumplirá los 87. Caminamos unos 3 km hasta su casa. Al principio no comprendía qué era eso de “la casita de las botellas” hasta que la vi y no lo podía creer: realmente era una casita hecha de botellas de plástico, pintada con muchos colores. ¿Pero cómo? ¿Por qué? Bersabé me comentó: “A mí se me cayó la casa cuando los terremotos del 2001, lo perdí todo”. Con una gran sonrisa me invita a pasar a verla y me ofrece un vaso con agua, “es lo único que tengo de tomar”, me dice. Bersabé es una mujer con mirada lánguida y una expresión en su rostro que parece triste, pero creo que era más seriedad porque no me conocía, ya que muchas veces sonríe cuando le digo cosas o parezco un niño que ve algo nuevo.

La casita está elaborada con botellas de bebida gaseosa; ella desconoce cuántas son pero calculo que deben de ser unas 3,500 a 4,000 botellas las que se utilizaron en toda la casa y el techo. En la casa no se desperdició nada de las botellas porque el piso lo hizo con los tapones de estas, corcholatas y latas de gaseosas.

Todas las botellas son de la misma marca –aparentemente–, una bebida muy popular por estos lados. La forma de construcción es muy sencilla, ya que buscó varas de caña brava, abrió un hoyo en la base de las botellas e introdujo las varas por boquilla y el agujero; de esta forma fabricó las paredes y el techo.

El sueño de Bersabé

Al preguntarle por qué se le ocurrió hacer la casa de botellas, nos dice: “La casita la vi en un sueño. Era la noche de un sábado. La gente pensaba que estaba loca; en mi sueño solo la vi bien real. En el sueño vi las paredes y el piso. El suelo era de madera y tenía unas estrellas de esas grandes, eran como estrellas de mar y los colores eran estos que usted ve acá. Rojo, verde y blanco; no habían otros colores. Antes del 2005 fue que tuve el sueño, y yo me recordaba muy bien de lo que había visto. Yo digo que el Señor me lo puso en mi cabeza”, asegura Bersabé.

“El día siguiente que tuve el sueño, me levante temprano, me tomé una taza de café y le dije a mi hija que iba a salir a la calle. Ella me preguntó que dónde iba a ir y yo le dije que tenía que irme a buscar botellas. Con esas vamos a hacer una casa bien bonita, dije, y ella me dijo `usted está loca, mamá´”. Me tardé unos  cuatro meses en recoger todas las botellas y unos tres meses en hacer la casita”, comenta.

Afuera de la casa tiene un horno artesanal para el cual necesitaba la leña en la que cocina las quesadillas dobladas y los salpores de maicillo que vende. Así se gana el sustento. “Las quesadillas y los salpores, no es por nada, pero son deliciosos”, sentencia con una sonrisa en su rostro. Dice que con esto recoge dinero para comer ella y su compañero de vida, quien tiene 103 años de edad y está enfermo.

No dude de que me quedaré con las ganas de comerla las quesadillas de “la casita de botellas”, pero tenemos que continuar el camino hacia Usulután.  Cuando vamos en carro a una gran velocidad no nos damos cuenta de lo que hay en el camino, de la necesidad, de las sonrisas y de las personas tan increíbles que hay en este país, y esto es algo maravilloso que sí nos permite el cicloturismo.

Una dura realidad

María Bersabé es un claro ejemplo de la situación que viven miles de adultos mayores en el campo y en el país en general. Los ancianos constituyen uno de los grupos poblacionales en mayores condiciones de vulnerabilidad. Cerca de la mitad de ellos son pobres, según los datos del último censo nacional (2007).

La gran cantidad de empleos informales, tanto en la ciudad como en el campo, los cuales no proveen de protección social, dan como resultado que la mayoría de la población, una vez que alcanzan la edad de jubilación, no reciban una pensión básica que les permita una vejez digna e independiente, por tanto, deben de continuar trabajando. Las mujeres enfrentan con mayor impacto estas condiciones de precariedad, ya que son ellas las que tienen menos oportunidades de acceso a fuentes de generación de ingreso en la edad joven, y cuando lo logran obtienen empleos y trabajos informales, con elevados niveles de precariedad y carencia de prestaciones sociales.

Según los datos estadísticos nacionales, del total de población del país, estimada en aproximadamente 5.7 millones (censo 2007), 542,191 son personas mayores de 60 años de edad. Esto corresponde al 11.1 % de la población total del país. De conformidad a las proyecciones de población, este grupo aumentará en 15 años al 20 %; es decir, dos de cada 10 personas serán mayores de 60 años. Por otra parte, la relación de dependencia se estima en 69 por cada 100.

 

Esto significa que por cada 100 personas en edad productiva, dependen 69 personas. Estas últimas se componen principalmente por niños, niñas, adolescentes y personas mayores. Se estima que esta relación  aumente a medida que se reduce la tasa de fecundidad y el número de personas en los estratos de edad más jóvenes.

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