Somos cada vez más rastreables y documentables

Muchos millones de personas en el mundo generamos cada día una inmensa cantidad de información, en varios formatos, medios, tamaños y con múltiples propósitos. Incluso generamos información sin pedirlo o sin proponérnoslo, y en muchas ocasiones sin saberlo ni autorizarlo.

Eso es una parte intrínseca de la forma de vida actual, en la que hacemos uso de una gran variedad de dispositivos electrónicos y de varios tamaños y funciones, que son capaces de registrar una buena parte de lo que nos sucede en el día, tanto en nuestras relaciones laborales, personales y aun en nuestra soledad.

La miniaturización de la tecnología, el avance en el poder computacional, el abaratamiento de los medios de almacenamiento, y la ubicuidad de los veloces procesadores de información, en parte gracias a la nube, han hecho posible que la vida y procesos de muchas personas, objetos y los mismos dispositivos digitales, sean rastreables y documentables.

¿Hasta dónde es deseable y beneficiosa la trazabilidad?

Muchas de las aplicaciones más populares y exitosas en la actualidad basan su valor en la recolección de los hábitos, prácticas y actividades de miles o millones de personas. Además de mantener un minucioso registro de estas acciones, con amplios detalles sobre lugar, fecha, hora, duración, reacciones, emociones, etc., la aplicación de la inteligencia artificial es lo que les permite obtener provecho, incluso monetario, de esa vasta colección de datos.

Recomendaciones automáticas para realizar compras o asistir a un lugar; consejos sobre medicamentos, recetas y planes para reducir de peso, mejorar habilidades o aprender alguna nueva competencia, se apoyan en el análisis de grandes volúmenes de información que se recolecta, muchas veces sin permiso o sin conciencia de nosotros mismos.

Los GPS (sistemas de posicionamiento global o geográfico), velocímetros, detectores de dirección, los sensores de la dirección de nuestra vista, los termómetros, medidores de tensión, pulsos, respiración y otros signos fisiológicos, tan comunes hoy en día en relojes de pulsera, entre otros muchos sensores, permiten que cada persona, si lo desea, pueda documentar su estado de salud, físico o aun emocional.

Sabemos con cierta facilidad dónde se encuentran nuestros cercanos, sin necesidad de preguntarlo, así como podemos conocer buena parte de la vida de otras personas, o ellos de la nuestra, gracias a la trazabilidad y documentación que se mantiene y crece en la nube acerca de nuestras actividades y otras expresiones de nuestra personalidad que quedan registradas.

Muchas personas no sólo están de acuerdo con esta forma de compartir información y permitir su análisis por terceros, sin incluso consideran que ésa es la versión última de apertura y transparencia, y buscan promoverla. Sin duda, hay ventajas en poder conocer la propia fisiología para considerar los tratamientos medicinales o vitamínicos adecuados, y hasta en documentar algunas conversaciones para futuras reconstrucciones.

Sin embargo, ¿deberemos establecer algún límite a esta publicación, inspección y análisis de todo lo que hacemos, vemos, decimos, escuchamos, leemos, percibimos y producimos, tanto a nivel fisiológico como intelectual?

 

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