El regreso de Marcus Goldman

 

El libro de los Baltimore oli.inddEso de tener un día feriado es un peligro. Sucedió ayer, 22 de junio y para aquellos que no lo saben se celebra el Día del maestro, fecha que la universidad donde trabajo aprovecha para darnos un descanso cuando estamos con el ajetreo de fin de ciclo.

La cuestión es decidí ir de librerías (que en mi caso sería el equivalente a decir ir de copas) y autocelebrarme. La primera sorpresa fue esta novela de nombre un tanto soso El libro de los Baltimore (Alfaguara) en la que regresa el escritor convertido en detective, Marcus Goldman.

Goldman es el joven escritor empeñado en descubrir quien mató a Nola Kellergan en La verdad sobre el caso de Harry Quebert, una novela en la que fue puesta a prueba la perseverancia a lo largo de más de 500 páginas. Lo admito, no fue fácil al principio pero una vez llegabas a la parte medular te morías por terminar.

Ahora el suizo Joël Dicker trae de regreso a Goldman, ya no para salvar a su antiguo profesor (volvemos a las coincidencias) sino para descubrir un secreto familiar.

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La segunda sorpresa es una que se sale de mis elecciones habituales y es El mentalista de Hitler (Suma) de Gervasio Posadas. La Segunda Guerra Mundial no es mi tópico favorito, de hecho casi ningún tema histórico aunque hago mis excepciones si hay una investigación periodística de por medio.

Este no es el caso y sin embargo, el tema del mal personificado en Hitler todavía genera intriga. Gervasio Posadas añade un tanto más cuando dice: “En contra de lo que muchos creen, no fue la culminación de un proceso inevitable, sino una sucesión de accidentes, dejaciones y torpezas que se produjeron principalmente a lo largo de un año, de marzo de 1932 a marzo de 1933, el periodo en el que decidí centrar mi propia visión de la época”.

Posadas va a narrar la historia desde su personaje principal, el mentalista Erik Jan Hanussen, un conocido astrólogo alemán que se hizo más famoso por su asociación con Hitler. Los elementos están servidos: Hanussen, Hitler, Berlín de los años 30.

 

¿Cómo alimentas a tu monstruo?

Tránsito en espiral de Remedios Varo.

Tránsito en espiral de Remedios Varo.

Es innegable. Mientras te pasas el día bailando de un lado para otro, saltando frenéticamente entre carros feroces él te lanza una mirada hambrienta desde el rincón donde lo tienes viviendo. Te has despedido de él antes de salir a trabajar, le has dado una palmadita en la cabeza a modo de consuelo aunque el consuelo era para ti. Le has dicho: “Vuelvo pronto”.

Cuando regresas evitas mirar hacia la esquina donde lo dejaste. Quieres saludarlo, pero miles de alfileres te arrastran a la cama, te duermes y sueñas con él y él sueña contigo.

Entonces quieres romper el hechizo que se interpone entre los dos, quieres sacar a tu monstruo de ese laberinto construido con las duras piedras del hastío y el cansancio.

Pues escucha bien principiante porque el primer paso exigirá hacer algo que a lo mejor nunca has intentado: debes robar.

Robarás las ideas de tus héroes, leerás lo que han escrito como si fuera todo lo que pudieras beber, escucharás la música que han compuesto hasta que la cantes con placer, pasarás tus manos por encima sus pinturas como si las estuvieras pintando de nuevo, estudiarás sus vidas, te dejarás consumir por lo que te dice cada uno de ellos y cuando hayas recogido suficiente se lo llevarás a tu monstruo como ofrenda.

¿Qué leo? ¿Qué escucho? ¿Qué veo? ¿Qué toco? ¿De qué alimento a mi alma, a ese monstruo, espíritu ligero cuando quiere, que se llama creatividad?

Jim Jarmusch, fabuloso cineasta estadounidense, dijo: “Roba de cualquier lado que resuene con inspiración o que ponga en marcha tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señalizaciones callejeras, árboles, nubes, luces y sombras. Roba solo de las cosas que le hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo (y tu robo) serán auténticos”.

No basta con robar. El siguiente paso es fingir hasta lograrlo (o al menos así aconseja Austin Kleon en Roba como un artista) . Empiezas copiando un poco a tus héroes, pidiendo prestadas sus palabras, sus gestos y luego lo mezclas.

Como un buen cocinero preparas el mismo plato una y otra vez hasta que consigues sacar una pequeña bola de masa que es tuya, definitivamente tuya. Llevas esa pequeña y mágica bola a tu monstruo, la depositas en el suelo a sus pies y entonces él desde la oscuridad te mira por primera vez en meses a los ojos.

 

Historia de un desmayo

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Creo que en el fondo de todo lo voy resumiendo a un me gusta escuchar. Desde que me despierto busco el canto de los pájaros, sobre todo de uno que siempre es muy madrugador y que no importa si el día empezó con una lluvia pero sale a cantar.

En el auto voy escuchando música. La radio ya no por la cantidad de anuncios y avisos, porque intento que la música actúe como un catalizador que pacifique mi animal interior que quiere trepar insistentemente sobre el pito y abrirse paso en el tráfico tan terrible que tenemos. Parece mentira que tan temprano estemos destruyendo el día.

Pero entre lo que más disfruto escuchar son a las personas. Es increíble que siendo millones en el mundo todavía tenemos algo nuevo que decir, una historia que contar o conocimientos que compartir. Esta idea siempre me ha fascinado y creo que esa es una de las razones por las que me gusta leer (aunque me quede poco tiempo).

¿Qué tenemos que perder al leer un libro? El viejo argumento que los libros son muy caros ya no me lo creo. Primero, porque la mayor parte de personas que he conocido que me dan ese argumento sí han tenido dinero para comprar un buen celular, una tableta o una computadora. Segundo, los libros hoy los podemos descargar en internet, no todos obviamente y tercero, buscando bien se encuentran buenos libros a precios asequibles.

Me encantan los libros, las librerías, las bibliotecas públicas y las privadas. Pasear la mirada por los estantes, tocar con mis dedos los lomos de los libros, abrirlos y atrapar una frase perdida. Me encanta ver gente caminando con un libro en la mano, leyendo sentados en una banca o en la yerba. Incluso, coleccionar historias de lectores, de los muchos y grandes lectores anónimos.

Creo que es un placer al que nunca espero renunciar aunque me cuesta mantenerlo vivo. Lo único que puedo pensar ahora es en un jardinero que no puede cultivar su jardín o en un atleta que no puede correr esa gran maratón. Tengo mis épocas de frustración y tristeza pues los libros (ficción y no ficción) han llegado a ser un alimento imprescindible.

Antes he dicho que me disfruto escuchar y eso incluye al silencio. El silencio es tan necesario como la música (de hecho la música está compuesta por silencios) y claro, para escuchar hace falta cierto silencio, cierta disposición porque no todo debe ser yo-yo-yo.

Quiero pensar que no es demasiado tarde para recuperarme. Después de todo, eso me han enseñado los libros.

Adiós año viejo

Chica con un libro de Pietro Rotari.

Chica con un libro de Pietro Rotari.

Es inevitable, empieza el día y apenas quiero abrir los ojos, ya no estás, ya te has marchado.

Levantarse, seguir adelante mientras el corazón se retuerce por lo que dejó de existir.

Se fue la alegría, la fantasía, los sueños se quedaron dormidos debajo de la cama cansados de esperar a que tuviera tiempo para jugar con ellos.

Me olvidé de volar, de salir, saltar y gritar.

No hice más que una cosa: sobrevivir.

Me doy cuenta que mi marcha no termina. Por eso, camino, permanezco atenta a las señales.

Percibo colores, figuras, formas y letras, las descifro. Guardó su significado para más adelante.

Camino entre la selva apartando las ramas secas. Trato  de escuchar el canto del río saltando hacia la eternidad.

Me doy cuenta que mis manos permanecen abiertas, deseando más.

Atrás se quedaron las flores amarillas, el árbol que saludaba de regreso a casa.

Pero el dolor lo llevo guardado, atado, dentro de una caja. Lo sujeto con mi mano vieja y le susurro que se convierta en mariposa y me deje ser libre.

Canto en silencio mientras mi voz me dice que suba con ella al árbol  después que el mar se llevó a tantos.

Sueño con que el tiempo bese finalmente mi mano

Busco en los labios extraños la sonrisa que enterramos juntos

Siembro una planta en mi corazón, quiero que algo nazca en mi alma, algo verde, vivo

Quiero regalar amor pero no recuerdo

Quisiera transformarme para ti, ser niña, darte la mano, llevarte de paseo

Ser cura para tu enfermedad

Ser tersa, olas, arena para suavizar tus pasos

Ser palabras colgadas a lo largo de tu camino

Quisiera ser un deseo, una lágrima

Solo me queda abrazarte con todos mis pensamientos, armar un refugio que te proteja, que te salve de tus propias garras.

Deja que el viento arrulle tu pelo, cierra los ojos, despídete de los que ya no están.

Puedes volver a empezar, perdonarte, dejarte volar liberada de tu propio diluvio.

Comenzar un año nuevo sabiendo que lo haremos juntos, deseando que la fuerza de nuestras esperanzas derriben de los corazones la iniquidad

De lo que cuesta pedir disculpas

“Mujer leyendo en un interior”, de Ricardo Lopez Cabrera (Museo de Bellas Artes de Granada, 1898).

“Mujer leyendo en un interior”, de Ricardo Lopez Cabrera (Museo de Bellas Artes de Granada, 1898).

No me gusta pedir disculpas. Aunque pensándolo ¿a quién le gusta? ¿hay alguien que disfrute pedir disculpas incluso teniendo en cuenta nuestro bagaje religioso por mi gran culpa? Creo que me estoy expresando mal (y eso es algo que no me cuesta hacer), pero lo que quiero decir es que tengo serias dificultades para que mi boca logre articular lo que mi mente está tan claro y largamente pensado. Claro, una cosa es pensarlo, planearlo y otra ejecutarlo.

¿Pero qué estoy queriendo decir? Ese es el problema.

Quería comenzar este blog con algo más trivial como enumerar las novedades que trae diciembre, de los títulos que me ha llamado la atención en las librerías de la ciudad por si alguno piensa, entre banquete y banquete, dar de comer al cerebro y la imaginación. Debo confesar que eso no lo he pensado mucho e inmediatamente la he tirado al basurero de las malas ideas.

Luego me dije, “habla de lo que estás leyendo” y entonces me topé con dos problemas.

El primero que lo último que he leído son las crónicas de mis alumnos de periodismo. Un proceso agotador pero al final con muy buenos resultados. Nunca es fácil pensar en una propuesta, salir a reportear y luego entrar en ese escribir y corregir varias veces hasta que quede un producto de calidad. Toca dedicar tardes enteras a leer los textos, fijarse en cada detalle, anotar las observaciones, entregarlas y esperar a que los textos vengan de regreso mejorados.

El segundo problema es que después de pasar varias semanas leyendo trabajos no me queda tiempo ni fuerzas para leer otra cosa ni cabeza para escribir. Pero las clases han terminado y la vacación se acerca. Ahora espero volver a mis lecturas, a mis libros y a este blog.

El periodismo le echa una mano al Premio Nobel de Literatura

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Nunca había escuchado de ella y mucho menos la he leído (ya veremos cuanto tarda en llegar al país). De lo poco que he averiguado es que Svetlana Alexievich, la nueva Premio Nobel de Literatura, es una periodista y escritora bielorrusa cuya obra se ha distinguido por criticar a su país y a la antigua Unión Soviética. Los entendidos recomiendan La guerra no tiene rostro de mujer sobre las mujeres que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y Voces de Chernóbil sobre la catástrofe nuclear desde las personas que lo sufrieron.

A ver, a ver, ¿Premio Nobel de Literatura para una periodista? De mi parte encantada con que el periodismo alcance este reconocimiento por sus niveles de calidad e influencia. En los últimos años hemos observado un despunte de reportajes y crónicas, de investigaciones convertidas en libros que no tienen nada que envidiarle a la literatura.

El único problema que veo desde la banca de la docencia es que los estudiantes crean en el periodismo. Muchos tienen la idea que periodismo es igual a sensacionalismo, notas que giran una y otra vez sobre los temas de corrupción y violencia, un rosario de tragedias sin fin y los entiendo, porque en parte tienen razón. Hemos hecho del periodismo cotidiano un reporte de escándalos: problemas del gobierno, líos en la Asamblea Legislativa, muertos del día, accidentes, masacres y demás. Se satura al público con estas noticias y al final se toma como algo normal, como algo que le gusta a la gente.

Pero el periodismo es mucho más que eso. Las investigaciones periodísticas son infinitas y se puede ir más allá del tema de violencia. Pero claro, primero tienen que creerlo, cambiar de mentalidad.

Encima creen que como periodistas puede ser cualquiera, cualquiera puede redactar una nota, una entrevista o un reportaje. Claro que cualquiera puede, como cualquiera puede meterse a la cocina y preparar una comida, pero eso no los hace chefs expertos. Lo mismo sucede con el periodismo. Hay que saber redactar una buena nota, recabar la información necesaria, tomar la foto en el momento indicado y eso no lo hace cualquiera. Requiere un esfuerzo extra, desarrollar criterios y tener ética laboral.

He conocido estudiantes que llegan a despreciar el periodismo y argumentan que lo suyo es la literatura, como si desde el periodismo no se pudieran producir materiales de calidad literaria. Por eso me alegra tanto este Nobel de Literatura. Es necesario creer en el buen periodismo y hacerlo.

 

 

Para qué te decidiste a regresar

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Eso de regresar diez o cincuenta años después puede funcionar para algunos, pero no para todos. En las últimas semanas hemos sido testigos de varios regresos, unos más esperados que otros, pero todos dejando cierta polémica a su paso. Tenemos dos casos, Lo que no te mata te hace más fuerte de David Lagercrantz, sucesor de la saga Millenium de Stieg Larsson y Ve y pon un centinela, un viejonuevo libro de la autora de Matar a un ruiseñor, Harper Lee.

La chica del dragón tatuado vuelve con un lanzamiento mundial diez años y con un nuevo autor. No se preocupen, aunque el propio Larsson ni se enteró del éxito de sus novelas la nueva entrega cuenta con el aval del padre y hermano de Larsson pero no de quien fue su pareja, Eva Gabrielsson. David Lagercrantz, periodista y escritor sueco, ha dicho que durante la elaboración de la novela sintió terror de no poder estar a la altura de un personaje con tanto peso como Lisbeth Salander.

Quizá el título no sea la mejor elección. Lo que no te mata te hace más fuerte, te recuerda a una canción o a un refrán. No tienen ni el misterio ni la poesía de sus antecesores: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire.

En todo caso, algunos críticos y hasta amigos de Larsson le están dando el visto bueno aclarando que si bien Lagercrantz es bueno no es Larsson, qué se le va a hacer.

Un panorama menos alentador enfrenta la segunda parte 55 años después de Matar a un ruiseñor, la novela con la que su autora ganó el Premio Pulitzer y que fue todo un best seller en su época (éxito editorial y comercial).

Se podría pensar que porque la segunda parte la escribió la misma autora tendría el éxito (comercial) garantizado, pero no ha sido así. Un nubarrón de decepción ha rodeado su regreso y ya en algunas librerías estadounidenses han devuelto el dinero a los lectores que se sienten engañados. ¿La razón? Tal parece que Ve y pon un centinela se publicó sin un trabajo fino de edición, sobre todo teniendo en cuenta que ahora se le considera un borrador escrito hace más de cincuenta años.

Ya veremos si Lisbeth y Scout sobreviven a su propia resurrección.

 

Culpen al estrés

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Un juego de niños cualquier lo juega. Coger un lápiz, mezclar los colores, no patear la raya oscura y olvidarse por un momento que afuera el mundo se acaba.

Se oye tan fácil que te preguntas si vale la pena molestarse. Pero hay que molestarse, porque de eso se trata. Cuando la presión sube por un solo pensamiento y te toca atravesar el caótico tráfico de la ciudad es necesario tomar medidas. Salir a pasear, desconectarse, ir al cine, cena con los amigos.

Claro está, estos libros tan bien diseñados no prometen desaparecer el tráfico ni las montañas de trabajo pero al menos podrás pasar un rato agradable dando color a un mundo de papel lleno de figuras geométricas, flores y animales inofensivos.

El jardín secreto, El bosque encantado, Arte terapia, Mindfulness para colorear, mandalas y más son algunos libros para colorear hechos para aquellas personas que necesitan salir fuera sin salir de la oficina.

¿Quién sabe? A lo mejor lo que hace falta es ser un poco como los niños, vivir el momento sin preocuparse de nada más.

El gusto por lo negro

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Uno de los indicios de los buenos tiempos que atraviesa la novela negra o policial es que las editoriales están apostando fuerte con la introducción de colecciones dedicadas a este género en el que siempre hay un muerto y mucho misterio de por medio.

Un ejemplo lo tenemos con Salamandra Black de la editorial Salamandra que inició su colección hace un año con Galveston, un noir de Nic Pizzolatto, el creador de la serie de televisión True Detective. La novela arranca cuando a Roy, un matón de Nueva Orleans le diagnostican cáncer avanzado. Para complicar la situación Roy se da cuenta que su jefe, un poderoso extorsionador, lo quiere eliminar.

La colección Black está llena de títulos a cual más interesante: La entrega de Dennis Lehane, de esta novela ya se hizo una película con el recordado James Gandolfini, el Tony Soprano de la serie de televisión Los Soprano; La mujer de un solo hombre de A.S.A. Harrison, Pista negra de Antonio Manzini, Una revelación brutal de Louise Penny y El niño 44 de Tom Rob Smith. Por cierto, de esta última hay una película con el mismo nombre protagonizada por Tom Hardy, Noomi Rapace y Gary Oldman.

Por supuesto, Salamandra no es la única editorial que se ocupa del género negro. Editoriales como Siruela, Alrevés, RBA, Planeta de Libros por mencionar algunas se dedican también a difundir estas novelas.

¿Qué otras novelas negras podrían interesarte? La chica del tren de Paula Hawkins, La suerte de los irlandeses de J.L. Rod, El invierno del lobo de John Connolly, El murciélago de Jo Nesbo y Gusano de seda de Robert Galbraith (mejor conocida como J.K. Rowling).

 

 

 

 

 

La resignación del lector

Pintura de Alexej Harlamoff

Pintura de Alexej Harlamoff

No es fácil ser lector en estos tiempos. Te acomodas en la cama lo mejor que puedes, coges la novela que has empezado a leer y te lanzas al espacio sideral o al menos eso es lo que intentas hacer cuando tu madre, esposo o hermano llega a preguntarte si no has visto su cepillo de dientes. Respiras profundamente, regresas a la tierra y le contestas “no” con la mayor cortesía que eres capaz.

Pasan los minutos, intentas recomponer la escena, ¿en qué estaba? Vuelves a la página, saludas a los personajes, casi llegas a pedirles disculpas y de nuevo te sumerges en el libro. Eres feliz muriéndote de miedo, de amor o de curiosidad por saber qué va a pasar en la siguiente página cuando llega el perro llorando por caricias. Lo compadeces por partida doble: por no saber leer y por animal, qué vida más absurda. Le pasas la mano sobre la cabeza (cerebro diminuto) y te deja en paz.

Ahora ni siquiera recuerdas en qué te quedaste. Tienes que retroceder una página, quizá dos, para echar a andar el motor de la imaginación que fue apagado sin previo aviso. Veamos, uno, dos, jalas la cuerda y aquello, después del segundo intento, vuelve a marchar. Pasas una página, la siguiente, la siguiente.

En eso, cae un mensaje en el celular que mantienes a tu lado. Al principio decides no contestar, pero la lucecita no deja de llamarte con su brillo muerto. Terminas por ceder, mejor lo veo de una vez, así me dejan de molestar. Es la amiga que me pregunta qué hago. Más que pregunta parece lamento, seguro quiere algo. Quedan de verse en una hora. Apuras la lectura, quieres por lo menos terminar el capítulo.

Pero entonces, miras el reloj y te das cuenta que entre interrupción e interrupción ha pasado una hora. Te desmoronas, te ríes de tu suerte, incluso tanteas el libro, cuentas las páginas que te faltan, haces cálculos y te das cuenta que cada día te cuesta más.

Son tiempos difíciles, le dices al libro. ¿Sabes? Ya no somos solamente tú y yo como antes, ya no puedo perderme con vos, atrincherarme en mi cama, esconderme en un rincón de la casa, salir a tomarnos un café por cualquier sitio. Me cuesta, esta relación me cuesta.

Antes de salir para la calle echas un vistazo a la novela que se ha quedado acostada en la cama. Ahora te mira con furia, ahora te mira indiferente. Entonces alzas la vista y tus ojos recorren la habitación llena de libros a medio leer, libros que ni siquiera has tocado desde que los compraste, libros abandonados, libros llenos de polvo, torres inclinadas de libros, las ruinas de un desastre para el que no encuentras solución. No quieres romper, son tu vida, pero ¿qué va a ser de nosotros?, les preguntas.

Por si acaso, metes a uno en tu cartera. A lo mejor -piensas- puedo leer algo en el camino.