Adiós año viejo

Chica con un libro de Pietro Rotari.

Chica con un libro de Pietro Rotari.

Es inevitable, empieza el día y apenas quiero abrir los ojos, ya no estás, ya te has marchado.

Levantarse, seguir adelante mientras el corazón se retuerce por lo que dejó de existir.

Se fue la alegría, la fantasía, los sueños se quedaron dormidos debajo de la cama cansados de esperar a que tuviera tiempo para jugar con ellos.

Me olvidé de volar, de salir, saltar y gritar.

No hice más que una cosa: sobrevivir.

Me doy cuenta que mi marcha no termina. Por eso, camino, permanezco atenta a las señales.

Percibo colores, figuras, formas y letras, las descifro. Guardó su significado para más adelante.

Camino entre la selva apartando las ramas secas. Trato  de escuchar el canto del río saltando hacia la eternidad.

Me doy cuenta que mis manos permanecen abiertas, deseando más.

Atrás se quedaron las flores amarillas, el árbol que saludaba de regreso a casa.

Pero el dolor lo llevo guardado, atado, dentro de una caja. Lo sujeto con mi mano vieja y le susurro que se convierta en mariposa y me deje ser libre.

Canto en silencio mientras mi voz me dice que suba con ella al árbol  después que el mar se llevó a tantos.

Sueño con que el tiempo bese finalmente mi mano

Busco en los labios extraños la sonrisa que enterramos juntos

Siembro una planta en mi corazón, quiero que algo nazca en mi alma, algo verde, vivo

Quiero regalar amor pero no recuerdo

Quisiera transformarme para ti, ser niña, darte la mano, llevarte de paseo

Ser cura para tu enfermedad

Ser tersa, olas, arena para suavizar tus pasos

Ser palabras colgadas a lo largo de tu camino

Quisiera ser un deseo, una lágrima

Solo me queda abrazarte con todos mis pensamientos, armar un refugio que te proteja, que te salve de tus propias garras.

Deja que el viento arrulle tu pelo, cierra los ojos, despídete de los que ya no están.

Puedes volver a empezar, perdonarte, dejarte volar liberada de tu propio diluvio.

Comenzar un año nuevo sabiendo que lo haremos juntos, deseando que la fuerza de nuestras esperanzas derriben de los corazones la iniquidad

De lo que cuesta pedir disculpas

“Mujer leyendo en un interior”, de Ricardo Lopez Cabrera (Museo de Bellas Artes de Granada, 1898).

“Mujer leyendo en un interior”, de Ricardo Lopez Cabrera (Museo de Bellas Artes de Granada, 1898).

No me gusta pedir disculpas. Aunque pensándolo ¿a quién le gusta? ¿hay alguien que disfrute pedir disculpas incluso teniendo en cuenta nuestro bagaje religioso por mi gran culpa? Creo que me estoy expresando mal (y eso es algo que no me cuesta hacer), pero lo que quiero decir es que tengo serias dificultades para que mi boca logre articular lo que mi mente está tan claro y largamente pensado. Claro, una cosa es pensarlo, planearlo y otra ejecutarlo.

¿Pero qué estoy queriendo decir? Ese es el problema.

Quería comenzar este blog con algo más trivial como enumerar las novedades que trae diciembre, de los títulos que me ha llamado la atención en las librerías de la ciudad por si alguno piensa, entre banquete y banquete, dar de comer al cerebro y la imaginación. Debo confesar que eso no lo he pensado mucho e inmediatamente la he tirado al basurero de las malas ideas.

Luego me dije, “habla de lo que estás leyendo” y entonces me topé con dos problemas.

El primero que lo último que he leído son las crónicas de mis alumnos de periodismo. Un proceso agotador pero al final con muy buenos resultados. Nunca es fácil pensar en una propuesta, salir a reportear y luego entrar en ese escribir y corregir varias veces hasta que quede un producto de calidad. Toca dedicar tardes enteras a leer los textos, fijarse en cada detalle, anotar las observaciones, entregarlas y esperar a que los textos vengan de regreso mejorados.

El segundo problema es que después de pasar varias semanas leyendo trabajos no me queda tiempo ni fuerzas para leer otra cosa ni cabeza para escribir. Pero las clases han terminado y la vacación se acerca. Ahora espero volver a mis lecturas, a mis libros y a este blog.

El periodismo le echa una mano al Premio Nobel de Literatura

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Nunca había escuchado de ella y mucho menos la he leído (ya veremos cuanto tarda en llegar al país). De lo poco que he averiguado es que Svetlana Alexievich, la nueva Premio Nobel de Literatura, es una periodista y escritora bielorrusa cuya obra se ha distinguido por criticar a su país y a la antigua Unión Soviética. Los entendidos recomiendan La guerra no tiene rostro de mujer sobre las mujeres que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y Voces de Chernóbil sobre la catástrofe nuclear desde las personas que lo sufrieron.

A ver, a ver, ¿Premio Nobel de Literatura para una periodista? De mi parte encantada con que el periodismo alcance este reconocimiento por sus niveles de calidad e influencia. En los últimos años hemos observado un despunte de reportajes y crónicas, de investigaciones convertidas en libros que no tienen nada que envidiarle a la literatura.

El único problema que veo desde la banca de la docencia es que los estudiantes crean en el periodismo. Muchos tienen la idea que periodismo es igual a sensacionalismo, notas que giran una y otra vez sobre los temas de corrupción y violencia, un rosario de tragedias sin fin y los entiendo, porque en parte tienen razón. Hemos hecho del periodismo cotidiano un reporte de escándalos: problemas del gobierno, líos en la Asamblea Legislativa, muertos del día, accidentes, masacres y demás. Se satura al público con estas noticias y al final se toma como algo normal, como algo que le gusta a la gente.

Pero el periodismo es mucho más que eso. Las investigaciones periodísticas son infinitas y se puede ir más allá del tema de violencia. Pero claro, primero tienen que creerlo, cambiar de mentalidad.

Encima creen que como periodistas puede ser cualquiera, cualquiera puede redactar una nota, una entrevista o un reportaje. Claro que cualquiera puede, como cualquiera puede meterse a la cocina y preparar una comida, pero eso no los hace chefs expertos. Lo mismo sucede con el periodismo. Hay que saber redactar una buena nota, recabar la información necesaria, tomar la foto en el momento indicado y eso no lo hace cualquiera. Requiere un esfuerzo extra, desarrollar criterios y tener ética laboral.

He conocido estudiantes que llegan a despreciar el periodismo y argumentan que lo suyo es la literatura, como si desde el periodismo no se pudieran producir materiales de calidad literaria. Por eso me alegra tanto este Nobel de Literatura. Es necesario creer en el buen periodismo y hacerlo.

 

 

Para qué te decidiste a regresar

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Eso de regresar diez o cincuenta años después puede funcionar para algunos, pero no para todos. En las últimas semanas hemos sido testigos de varios regresos, unos más esperados que otros, pero todos dejando cierta polémica a su paso. Tenemos dos casos, Lo que no te mata te hace más fuerte de David Lagercrantz, sucesor de la saga Millenium de Stieg Larsson y Ve y pon un centinela, un viejonuevo libro de la autora de Matar a un ruiseñor, Harper Lee.

La chica del dragón tatuado vuelve con un lanzamiento mundial diez años y con un nuevo autor. No se preocupen, aunque el propio Larsson ni se enteró del éxito de sus novelas la nueva entrega cuenta con el aval del padre y hermano de Larsson pero no de quien fue su pareja, Eva Gabrielsson. David Lagercrantz, periodista y escritor sueco, ha dicho que durante la elaboración de la novela sintió terror de no poder estar a la altura de un personaje con tanto peso como Lisbeth Salander.

Quizá el título no sea la mejor elección. Lo que no te mata te hace más fuerte, te recuerda a una canción o a un refrán. No tienen ni el misterio ni la poesía de sus antecesores: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire.

En todo caso, algunos críticos y hasta amigos de Larsson le están dando el visto bueno aclarando que si bien Lagercrantz es bueno no es Larsson, qué se le va a hacer.

Un panorama menos alentador enfrenta la segunda parte 55 años después de Matar a un ruiseñor, la novela con la que su autora ganó el Premio Pulitzer y que fue todo un best seller en su época (éxito editorial y comercial).

Se podría pensar que porque la segunda parte la escribió la misma autora tendría el éxito (comercial) garantizado, pero no ha sido así. Un nubarrón de decepción ha rodeado su regreso y ya en algunas librerías estadounidenses han devuelto el dinero a los lectores que se sienten engañados. ¿La razón? Tal parece que Ve y pon un centinela se publicó sin un trabajo fino de edición, sobre todo teniendo en cuenta que ahora se le considera un borrador escrito hace más de cincuenta años.

Ya veremos si Lisbeth y Scout sobreviven a su propia resurrección.

 

Culpen al estrés

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Un juego de niños cualquier lo juega. Coger un lápiz, mezclar los colores, no patear la raya oscura y olvidarse por un momento que afuera el mundo se acaba.

Se oye tan fácil que te preguntas si vale la pena molestarse. Pero hay que molestarse, porque de eso se trata. Cuando la presión sube por un solo pensamiento y te toca atravesar el caótico tráfico de la ciudad es necesario tomar medidas. Salir a pasear, desconectarse, ir al cine, cena con los amigos.

Claro está, estos libros tan bien diseñados no prometen desaparecer el tráfico ni las montañas de trabajo pero al menos podrás pasar un rato agradable dando color a un mundo de papel lleno de figuras geométricas, flores y animales inofensivos.

El jardín secreto, El bosque encantado, Arte terapia, Mindfulness para colorear, mandalas y más son algunos libros para colorear hechos para aquellas personas que necesitan salir fuera sin salir de la oficina.

¿Quién sabe? A lo mejor lo que hace falta es ser un poco como los niños, vivir el momento sin preocuparse de nada más.

El gusto por lo negro

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Uno de los indicios de los buenos tiempos que atraviesa la novela negra o policial es que las editoriales están apostando fuerte con la introducción de colecciones dedicadas a este género en el que siempre hay un muerto y mucho misterio de por medio.

Un ejemplo lo tenemos con Salamandra Black de la editorial Salamandra que inició su colección hace un año con Galveston, un noir de Nic Pizzolatto, el creador de la serie de televisión True Detective. La novela arranca cuando a Roy, un matón de Nueva Orleans le diagnostican cáncer avanzado. Para complicar la situación Roy se da cuenta que su jefe, un poderoso extorsionador, lo quiere eliminar.

La colección Black está llena de títulos a cual más interesante: La entrega de Dennis Lehane, de esta novela ya se hizo una película con el recordado James Gandolfini, el Tony Soprano de la serie de televisión Los Soprano; La mujer de un solo hombre de A.S.A. Harrison, Pista negra de Antonio Manzini, Una revelación brutal de Louise Penny y El niño 44 de Tom Rob Smith. Por cierto, de esta última hay una película con el mismo nombre protagonizada por Tom Hardy, Noomi Rapace y Gary Oldman.

Por supuesto, Salamandra no es la única editorial que se ocupa del género negro. Editoriales como Siruela, Alrevés, RBA, Planeta de Libros por mencionar algunas se dedican también a difundir estas novelas.

¿Qué otras novelas negras podrían interesarte? La chica del tren de Paula Hawkins, La suerte de los irlandeses de J.L. Rod, El invierno del lobo de John Connolly, El murciélago de Jo Nesbo y Gusano de seda de Robert Galbraith (mejor conocida como J.K. Rowling).

 

 

 

 

 

La resignación del lector

Pintura de Alexej Harlamoff

Pintura de Alexej Harlamoff

No es fácil ser lector en estos tiempos. Te acomodas en la cama lo mejor que puedes, coges la novela que has empezado a leer y te lanzas al espacio sideral o al menos eso es lo que intentas hacer cuando tu madre, esposo o hermano llega a preguntarte si no has visto su cepillo de dientes. Respiras profundamente, regresas a la tierra y le contestas “no” con la mayor cortesía que eres capaz.

Pasan los minutos, intentas recomponer la escena, ¿en qué estaba? Vuelves a la página, saludas a los personajes, casi llegas a pedirles disculpas y de nuevo te sumerges en el libro. Eres feliz muriéndote de miedo, de amor o de curiosidad por saber qué va a pasar en la siguiente página cuando llega el perro llorando por caricias. Lo compadeces por partida doble: por no saber leer y por animal, qué vida más absurda. Le pasas la mano sobre la cabeza (cerebro diminuto) y te deja en paz.

Ahora ni siquiera recuerdas en qué te quedaste. Tienes que retroceder una página, quizá dos, para echar a andar el motor de la imaginación que fue apagado sin previo aviso. Veamos, uno, dos, jalas la cuerda y aquello, después del segundo intento, vuelve a marchar. Pasas una página, la siguiente, la siguiente.

En eso, cae un mensaje en el celular que mantienes a tu lado. Al principio decides no contestar, pero la lucecita no deja de llamarte con su brillo muerto. Terminas por ceder, mejor lo veo de una vez, así me dejan de molestar. Es la amiga que me pregunta qué hago. Más que pregunta parece lamento, seguro quiere algo. Quedan de verse en una hora. Apuras la lectura, quieres por lo menos terminar el capítulo.

Pero entonces, miras el reloj y te das cuenta que entre interrupción e interrupción ha pasado una hora. Te desmoronas, te ríes de tu suerte, incluso tanteas el libro, cuentas las páginas que te faltan, haces cálculos y te das cuenta que cada día te cuesta más.

Son tiempos difíciles, le dices al libro. ¿Sabes? Ya no somos solamente tú y yo como antes, ya no puedo perderme con vos, atrincherarme en mi cama, esconderme en un rincón de la casa, salir a tomarnos un café por cualquier sitio. Me cuesta, esta relación me cuesta.

Antes de salir para la calle echas un vistazo a la novela que se ha quedado acostada en la cama. Ahora te mira con furia, ahora te mira indiferente. Entonces alzas la vista y tus ojos recorren la habitación llena de libros a medio leer, libros que ni siquiera has tocado desde que los compraste, libros abandonados, libros llenos de polvo, torres inclinadas de libros, las ruinas de un desastre para el que no encuentras solución. No quieres romper, son tu vida, pero ¿qué va a ser de nosotros?, les preguntas.

Por si acaso, metes a uno en tu cartera. A lo mejor -piensas- puedo leer algo en el camino.

Leer, ¿qué es leer?

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Acaso se nos ha olvidado que es ese objeto más rectangular que cuadrado que guarda siempre en su panza cientos de hojas con símbolos es un libro.

Acaso se nos ha olvidado qué es leer, solamente leer porque de repente ha venido una enfermedad extraña e infecciosa que ha borrado de la memoria de las personas que leer es solamente leer y a la vez, es más que eso.

¿Cómo lees?

Leer con tiempo

Leer sin tiempo

Leer una página cada día

Leer en un rincón apartado del mundo

Leer en el baño

Leer en un bus lleno de gente

Leer mientras caminas

Leer mientras almuerzas

Leer en voz alta

Leer y llorar a mares

Leer acompañado de una taza de café

Leer y perder la noción del tiempo

Leer libros en la tableta

Leer en la biblioteca

Leer acostado en la hierba

Leer para esperar que pase la lluvia

Leer cuando estás enfermo

Leer porque no hay internet ni celular

Leer con una linterna

Leer para enamorarse

Leer para saber

Leer para escapar de este mundo cruel

Leer para tratar de entender este mundo cruel

Simplemente leer, feliz Día Internacional del Libro

 

 

 

Las desventuras de un periodista novato

El último naufragio en las costas italianas me recuerda al abuso y acoso que pasan los estudiantes. Foto tomada de diarioinformacion.com

El último naufragio en las costas italianas me recuerda al abuso y acoso que pasan los estudiantes de periodismo. Foto tomada de diarioinformacion.com

No soy ninguna novata, lo sé, pero mis alumnos sí. Día a día mi oficina se convierte en un especie de consultorio al que acuden para contarme sus aventuras y desventuras porque, al final de todo, quieren entender esa maraña en la que se ha convertido el periodismo.

Son aguas turbias por las que ellos navegan con las desventajas de la juventud e inexperiencia. Enfrentan comunicadores institucionales convertidos en policías, que sin la más mínima pizca de respeto por el oficio obligan a los estudiantes a borrar entrevistas, fotos o bien redactar cartas solamente para que ellos puedan ejercer un derecho al que ya tienen acceso como estudiantes de periodismo o como ciudadanos. Tal parece que en algunas instancias del gobierno ese derecho no existe y la ironía es que es donde son creadas las leyes del país.

Luego está el problema del acoso. Partimos del hecho que serán acosados, esa es la realidad. De nuevo su juventud los convierte en presa fácil y proviene por lo general de las mismas fuentes a quienes ellos entrevistan. El acoso puede ser sutil, “¿tiene novio?” “¿la puedo ver otro día?” o aplastantemente directo y brutal. Tampoco ellos se salvan, el típico acoso de hombre a mujer está superado por nuevos acosos de hombre a hombre, de mujer a hombre y puede ocurrir antes, durante o después de la entrevista, llamadas telefónicas, mensajes de texto, etc.

De mi experiencia como ex dueña de una librería puedo decir que los hombres que entraban preguntando por Biblias eran por regla los ladrones, los que se referían sobre las mujeres con los peores términos. A veces el acoso es así, puede venir de la persona que menos te lo esperabas, incluidos los santos.

¿Qué es lo que un estudiante puede hacer? No hay reportaje que valga el precio de la dignidad. La vida está barata, es cierto. En las costas italianas un barco pesquero se acaba de hundir llevándose 900 vidas y leemos la noticia como si nada.

Lo cierto es que toca educar a las fuentes, exigir respeto, porque aunque seas un periodista novato de 20 y tantos años jamás le da derecho a nadie al maltrato y la humillación.

Para terminar con este triste rosario quiero exponer un último peligro, que cada vez es más difícil rehuir. Si bien es cierto que la violencia está diseminada por todo el país los estudiantes de periodismo corren con un riesgo extra debido a su inexperiencia.

Aunque se les pide que investiguen la zona a la que van a ir a reportear e ingresen con personas conocedoras, sobre todo si se trata de comunidades donde mandan las pandillas, nos vemos rebasados por la realidad.

Hace poco unos estudiantes, en pleno centro de gobierno, fueron abordados por un desconocido que pedía direcciones. Al darles la mano perdieron su voluntad y terminaron por entregarle al desconocido sus pertenencias. Nunca cayeron dormidos, estaban despiertos pero en un estado parecido a la hipnosis. Uno de ellos es el que más recuerda difusamente lo que sucedió, el resto no recuerda nada.

Aprender a ser periodista -y un buen periodista- nunca antes había sido tan difícil. Si a la situación de inseguridad generada por la delincuencia añadimos acoso de las fuentes y abuso de las autoridades no va a quedar mucho que salvar.

Violencia sobre violencia, ¿nos hace falta algo más?

 

De como fracasé en mi propósito de leer una novela por semana

No imagino como Sherlock (interpretado por Benedict Cumberbatch) hace tiempo para leer entre tantos asesinatos por resolver.

No imagino como Sherlock (interpretado por Benedict Cumberbatch) hace tiempo para leer entre tantos asesinatos por resolver.

 

Veamos, quería leer un libro por semana. Quería volver a este blog hasta que hubiese terminado mi novela. Quería conquistar el mundo.

La buena noticia es que al fin terminé de leerla, la mala es que no lo hice en el tiempo previsto, ya que en lugar de una semana demoré alrededor de un mes. No es que sea un fracaso total porque al menos leí la dichosa novela y no porque no me gustara, sino que todo se debió a esa gigantesca bola que se te cruza en el camino y que llamamos vida.

¿Qué fue lo que sucedió? Como soy muy curiosa cuando hago estos experimentos me observé a mi misma. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no avanzo? En seguida elaboré una lista de eventos desafortunados (para la lectura): tener otras cosas más apremiantes e interesantes por hacer en el tiempo reservado a la lectura. Trabajo, compromisos sociales, cansancio, alguna película o serie de televisión, jugar con los amigos, etc.

Aunque la novela escogida, El frío de Thomas Bernhard (editorial Anagrama, 141 páginas), me agradó no puedo decir que por eso la leí más rápido. Fue lo contrario. Entre más me adentraba en sus páginas más me detenía a pensar, a divagar, a digerir lentamente su contenido.

El frío, para los que no saben, es una novela autobiográfica de Bernhard, que narra de una manera bastante dura el paso del autor por un hospital público para enfermedades pulmonares en Austria. La novela forma parte de una pentalogía compuesta por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño.

Bernhard no ahorra detalles. “Al principio, me pareció, solo estaban decepcionados, pero finalmente yo mismo. ¡Algo no iba bien! ¿No podía ser como los otros? ¿Dar positivo? Al cabo de cinco semanas lo conseguí, y el resultado fue: positivo. De pronto era miembro de la comunidad. Mi tuberculosis pulmonar abierta quedaba confirmada. El contento se extendió entre mis compañeros de enfermedad, y también yo estaba contento. No me daba cuenta en absoluto de la perversión de aquel estado”.

Con 17 u 18 años Thomas Bernhard se tiene que enfrentar a su enfermedad, a la inminente muerte de su madre que está en casa y además a un sistema de salud deshumanizado y carnicero. Para cuando Bernhard abandona el tristemente famoso hospital Grafenhof su transformación es evidente. Ahora quiere vivir. No está dispuesto a dejarse vencer por el poder que tienen los médicos ni por su indiferencia, ni por la pasividad con que el resto de los enfermos asumen su condición, como condenados a una muerte segura.

Aunque El frío describe los horrores de un hospital del estado la novela es en realidad un llamado a la vida.

Bien valió la pena el fracaso.

¿La siguiente novela a leer? No tengo idea, pero me tienta la primera parte de Juego de Tronos de George R. R. Martin.