Aunque el Día del Libro ya pasó parece que los libros siguen de fiesta.
Acabo de regresar de la Feria del Libro que la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) ha organizado esta semana y para mi sorpresa me encontré con un amigo a quien tenía años sin ver: Jesús Villegas de la Librería Segunda Lectura.
Al mundo de los libros usados llegué no por casualidad. Su librería, estratégicamente ubicada en el centro de San Salvador, todavía es un lugar de peregrinaje para muchos bibliófilos. El lugar es pequeño y a veces puede resultar incómodo, pero con mucha paciencia es posible encontrar libros que ya no se publican.
Por eso no pude resistir la tentación de hurgar. Quién sabe que tesoro estaría esperándome, y así fue. Entre ellos, me llamó la atención uno: 40 años en el círculo polar del misionero jesuita Segundo Llorente. Se trata de una antología de sus aventuras por Alaska, en las que no se corta a la hora de describir la dura realidad de la tundra. Relata sobre su primer viaje en trineo: “Dos días antes de salir repasé los arreos de los perros, sus arneses, cadenas y provisión de pescado. Dado el visto bueno a todo esto, tuve que ordenar también mis arreos: las botas de agua, las de nieve, las de abrigo, el saco de dormir, el altar portátil, las provisiones, ropa, etc.
Luego me sometí a la costumbre de hacer testamento, pues no sería la primera ni la segunda vez que volvería uno cadáver, y conviene que el padre superior sepa ciertas señas epistolares. Este pensamiento macabro se dulcifica con el jolgorio que se arma en casa cuando el expedicionario rubrica en la mesa de la recreación un escrito, que dice un poco más o menos: “Dejo al cocinero las botas de viaje, el rifle, el abrigo negro y el acordeón. A fulano le dejo el parki, la cartera vacía, las obras de Santa Teresa y la máquina de escribir. Lo demás es mi voluntad que se distribuya equitativamente como conviene entre hermanos”. Cuando el padre Delon se mató en el aeroplano se cumplió a la letra el testamento que dejó medio en broma, medio en veras”.
No es la única peripecia, hay más. En Alaska, por ejemplo, imposible cerrar las puertas de las chozas (sí, chozas, no casas), no vaya a ser que un eskimal necesite pasar la noche para salvar la vida del terrible frío. En fin, me recuerda a esos libros de viajes y aventuras como el de Jesús Torbado, Viajeros Intrépidos, en el que hay de todo: canibalismo, hormigas asesinas y naufragios.
Claro, hay muchos más libros, muchos clásicos, a precios nada exorbitantes porque eso también es parte del encanto de los libros usados.
Como colofón, en un libro para niños (Mi amigo el pintor de Lygia Bojunga Nunes) me encontré con un mensaje escrito a mano en la parte trasera. Se los escribo porque me parece oportuno, más que una casualidad encontrar tal frase en una feria del libro. Me sentí como el que encuentra un mensaje en una botella a la orilla del mar. Dice así: “¡El arte del libro es muy bueno para ti, léelos y tendrás un porvenir mejor!”.


abril 27, 2012
Marta Elena Ibarra 
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El encanto de los libros usados me lo transmitio un amigo, con quièn luego de arduas jornadas laborales, nos desplazamos al mitico centro de la ciudad capital para encontrar una ventana simbòlica de la vida.
Para tu colección de tesoros literario, el nombre de un libro que me acaban de regalar y que realmente es una pieza única: El sonido de los colores, de Jimmy Liao.
Estoy segura que lo disfrutarás.
A mi me encanta leer y escribir tengo 20 años y aunque mi pasion no es la literatura debido a que estudio algo totalmente opuesto pero amo leer y escribir…