CAFE BELLA NAPOLES

¿Acaso perdimos para siempre el centro de la ciudad? ¿Quedó condenado a ser para la eternidad ese territorio de nadie, revoltijo de ventas y de miradas perdidas; calles que, después de cierta hora, son pasarelas de putas, maricones y maleantes donde la vida no vale nada? No siempre la cosa fue así. Hasta hace poco más de dos décadas el centro era el lugar para el paseo, la compra y el encuentro.
Yo no tenía idea de lo que había pasado con el centro de la ciudad, hasta que regresé de la guerra. Un sábado de febrero de 1992, en aquellos primeros días de pos guerra, me fui con una carguita de expectativas y nostalgias a recorrer los entrañables sitios que gravitan en torno a la Plaza Libertad. Habían pasado 12 años, desde la última vez, que había estado allí. Muchas veces, en el frente de guerra, me había dicho a mi mismo como Pablo Milanés: “yo pisaré esas calles nuevamente”.
Había un lugar al que de manera especial quería ir: El Café Bella Nápoles. Allí, en los setentas, se juntaban los poetas a intercambiar poemas acabados de salir del horno, hablar de la gran literatura, de política, de todo y de nada. Fue allí donde, siendo adolescente conocí el Ulises de Joyce y los portentosos versos de Saint John Pearce, las tres novelas de Sábato y los poemas de la oficina de Mario Benedetti.
Con el corazón acelerado entré al Café. Adentro parecía que el tiempo se había detenido. Todo parecía igual que 12 años antes: los colores, los sabores, los olores. Muchas de las meseras eran las mismas. Hasta la dueña seguía igual, sentada en la caja como en un trono desde donde controlaba el mundo. Las meseras me reconocieron y nos abrazamos. Me preguntaron por los poetas. ¿Qué había sido de ellos durante los terribles años de la guerra?
Les conté lo que mi hermano Geovani me había relatado días atrás, durante la inolvidable noche del reencuentro con él en México. Leo Argüello, el actor, vivía en Canadá; Dago el escultor se fue para Los Ángeles; Napoleón López, el pintor se fue para México; Fidel Cortés y Saulón, del teatro Sol del Río, recién habían venido de rodar por el mundo. Jaime Suárez, Nelson Brizuela, Roberto Saballos y Moris Abelardo se nos murieron. La guerra nos causó bajas a los del Café les dije a las meseras.
Hasta mediados de los setentas el Café de “los intelectuales” –ninguno tenía más de 25 años– era El Scandia, ubicado en los bajos de Gran Hotel San Salvador, en el pleno corazón de la capital. Pero una tarde un joven pintor que regresaba de Alemania, sumamente irritado porque no le llevaban su capuchino a tiempo, salió a la calle y de un puntapié hizo añicos una de las paredes de vidrio de la cafetería.
El italiano que gerenciaba el hotel expulsó del Café a los poetas, como el arcángel de la espada había expulsado a Adán y Eva del paraíso. Se fueron a refugiar al Bella Nápoles, donde se convirtieron en toda una atracción por las barbas, los morrales, las pipas, las sandalias y las apasionadas discusiones políticas y literarias en torno a las humeantes tazas de café o de las heladas cervezas.
Jaime se declaraba anarquista como Durruti. Entonces lo repudiaba Roberto Saballos, quien se asumía como un pro soviético hasta la muerte. Fernando Zal-dívar, por pura provocación, recitaba entonces, con solemnidad, los 22 puntos del partido Nacio-nal Socialista de Hitler.
Y aunque ninguno de ellos se fue para un frente de batalla, la espada demencial de la guerra los tocó. A Jaime lo llegaron a sacar del Café unos hombres armados. Lo torturaron hasta matarlo y lo dejaron tirado en un basurero de Antiguo Cuscatlán. A Roberto lo mataron durante un extraño tiroteo en el barrio San Miguelito. Moris Abelardo murió cubriendo noticias de la guerra. Nelson murió en un accidente de tránsito en Managua, donde vivía exiliado.
Aquella tarde de 1992, recordé a mis muertos del Café. Había soñado en reunirme con todos después de la guerra. Algunas de las meseras no pudieron contener las lágrimas. Salí esa tarde del Café con un pensamiento de Fernando Sabater: “Lo único positivo que puede sacarse de la guerra es la firme disposición de evitar por cualquier medio posible la repetición de la catástrofe”.

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