La Ciudadanía como Institución Democrática

La Democracia es un sistema en el cuál la sociedad puede participar en todas las etapas del proceso de toma de decisiones y de esta manera poder fiscalizarlo. Muchas veces se tiene la errada idea que el rol de la ciudadanía dentro de una Democracia está limitado al ejercicio del voto. Teniendo este derecho, existen porciones de la población que aún no realizamos su importancia y si lo hacemos, olvidamos nuestras demás responsabilidades que como miembros de una sociedad deberíamos cumplir. Nos olvidamos que aunque el celebrar elecciones libres y periódicas es componente necesario de nuestra Democracia, éstas no son suficientes para que el proceso democrático tenga lugar en su totalidad; nos olvidamos, que somos los principales actores de nuestra Democracia.

Una Democracia supone ser un sistema político capaz de corregir sus propias disfunciones, pero este no puede otorgársele al entramado institucional para que éste automáticamente lo maneje. Este sistema, debe ser guiado por una cultura de participación ciudadana; una participación ciudadana constante, activa y comprometida con la mejoría de su propio sistema,  sistema que le pertenece.

Si bien no es posible determinar el nivel óptimo de participación ideal para una Democracia, toda Democracia requiere de algún nivel de participación ciudadana, es por eso que es completamente imprescindible que la ciudadanía se reconozca no solamente como una institución democrática más, sino como la institución democrática encargada de liderar el desarrollo y mejoramiento del sistema político en todas las etapas del proceso de toma de decisiones. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo participar más allá de solo ejercer el voto?

Nuestra Constitución por mandato establece que los vehículos de participación política directa para la ciudadanía son los partidos políticos, los cuáles vale la pena mencionar; actualmente atraviesan una fuerte crisis de representación que naturalmente incide en la disminución de participación electoral en las porciones de la población que más desconfianza les tienen. La ciudadanía ya tiene expectativas más altas en cuanto al rendimiento de éstos y éstos no han sabido convertir las demandas de la población en una verdadera modernización interna para por lo menos estimular mayor confianza de parte de ellos. Si estas instituciones logran empezar procesos de descentralización, sus propuestas de políticas públicas comenzarán a verse más cercanas a las necesidades de los representados; de quienes a pesar de su complicidad en una partidocracia, les dan sus votos.

Si existiese una cultura de participación ciudadana, ésta nos incitaría a participar de formas que debiésemos considerar nuestras responsabilidades como ciudadanos: contactando a autoridades públicas cuando hay problemas que afectan a nuestras comunidades -ejerciendo fiscalización-, participando en manifestaciones públicas pacíficas -haciendo uso del derecho a la libre movilización y libre expresión-, y actuando como líderes comunitarios al momento de resolver problemas -haciendo uso del derecho a la libre asociación-. Todas estas, son formas de participación cuyas bases son el uso de libertades, que casualmente son componentes básicos del sistema democrático y que no tenemos la buena y necesaria costumbre de llevar a cabo.

Hasta que una reforma política integral y profunda no le garantice nuevos, mejores y más canales de participación a la sociedad civil organizada, la desconfianza en nuestras instituciones democráticas seguirá creciendo y la apatía de la institución democrática más importante (la ciudadanía), nos llevarán al resquebrajamiento total del tejido social que hasta ahora se ha construido, y a un marcado retroceso en términos de Democracia: sistema que ya todos sabemos es indisociable del desarrollo. 

 

Eduardo Cader

Director Ejecutivo

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