ALI

El 8 de marzo de 1971 viví una de las noches más tristes. Tenía entonces 13 años y estaba pasando de los héroes de las historietas a los de carne y hueso. Mi profunda tristeza no se debía a la muerte de algún ser querido. Por esos días, la muerte para mí, no existía.

Tampoco se debía a una ruptura amorosa. Hasta esa edad todos mis amores habían sido imposibles. ¿Cómo me iba a amar Bárbara Eden, la actriz que personificaba a Jeannie en la serie “Mi Bella Genio”? Estaba triste porque Muhammad Alí había sido derrotado tras 15 trepidantes asaltos por Joe Frazier.

Alí había llamado mi atención cuando todavía se llamaba Cassius Clay y se había convertido en campeón mundial de los pesos completos al vencer a Sonny Liston. Clay, arrogante, ya había pronosticado su victoria con una pasmosa certeza.

Yo no vi esa pelea. No había transmisión en vivo en la tele. Pero leí sus declaraciones en el periódico. Me atrapó la fotografía en blanco y negro de aquel joven que miraba la cámara de manera resuelta. En una mano tenía el cinturón de campeón del mundo y con la otra señalaba al público. Las gotas de sudor perlaban su frente, mientras gritaba algo.

El pie de foto decía: “Soy el más veloz, el más guapo, el más grande”. El público enloqueció y aplaudió a morir al oír esas palabras. Los periodistas hicieron crónicas en las que no ocultaban sus simpatías por el nuevo campeón.

En otra ocasión le dijo al contrincante antes de comenzar la pelea: “Si sueñas con ganarme, será mejor que despiertes y me pidas perdón”. Y luego agregó: “Soy tan rápido que anoche apague el interruptor de la luz y cuando se apagó yo ya estaba en la cama”.

Prefirió perder su título de campeón del mundo y su carrera antes que ir a la guerra de Vietnam. No lo hizo por miedo, sino por principios. “Ningún vietnamita me ha llamado negro, ni me han hecho nada. “¿Por qué tengo que ir matarlos?”, argumentó.

Cuando regresó al cuadrilátero, la peleas ya se transmitían en vivo. Lo vi contra Jerry Quarry. Esa fue la primera vez que vi completa una pelea de boxeo hasta que terminó en el tercer asalto. Muhammad Alí ya no admitía otro nombre, estaba de vuelta. Lo vi en aquel inolvidable combate contra “Ringo” Bonavena. No me perdía ni sus combates, ni sus declaraciones. Sus frases, que en otros hubiesen generado repudio, aumentaban su tremendo carisma y su luz.

Hasta que llegó aquella noche en que se enfrentó a Joe Frazier por el campeonato del mundo. Nunca en mi vida había deseado tanto una victoria como en esa noche. Quería con toda el alma que Alí ganara. Era mi héroe. Su frase “El hombre que no tiene imaginación, no tiene alas” me guiaría por toda mi vida.

Alí, tras un duelo memorable, perdió. Lloré esa noche como un niño desconsolado. Fue derrotado una vez más y el mundo lo dio por muerto. Hasta que llegó el día 30 de octubre de 1974. Muhammad Alí se enfrentó a George Foreman en Zaire.

Este gigante había noqueado a Joe Frazier en el segundo round, tras derribarlo media docena de veces. Nadie le había resistido más de tres asaltos. Nadie daba un centavo por Alí. El corazón se me salía del pecho cuando Foreman golpeaba sin piedad durante 7 rounds al excampeón. Pensé que me estaba despidiendo de mi héroe. Pero en el octavo round Alí, mágico, voló como una mariposa y picó como una abeja. El gigante se derrumbó lento para no levantarse más.

Alí, el más grande, el más carismático, el rebelde, el pacifista, era de nuevo el rey del mundo. Volvía a llorar pero de alegría. Lloré como cuando clasificamos la primera vez a un mundial. Como cuando Mirza me dijo que sí. Como cuando se terminó la guerra.

Después de Alí, nunca más he vuelto a ver boxeo. Ahora que mi héroe, el héroe de millones se fue, me suena en mi cabeza una de sus memorables frases: “Odié cada minuto de entrenamiento, pero me dije, no renuncies. Sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón”.

HIGUAIN, SIMEONE Y LA INGRATITUD DE UNA AFICIÓN

Se me erizó la piel viendo el recibimiento que la afición del Atlético de Madrid dio a su equipo. El cuadro de Simeone venía de perder 3 a 0 frente al Real Madrid en el partido de ida de una de las semifinales del máximo torneo europeo de clubes. La remontada se antojaba imposible para los expertos, menos para los aficionados, los jugadores y el cuerpo técnico del llamado equipo colchonero.

Confieso que luego del Aguila de San Miguel y del Napoli de Italia, le voy al Real Madrid. Pero en el partido de ayer la actitud de la comunidad del Atletí, me contagió. Y el milagro casi ocurre. En 16 minutos los rojiblancos se pusieron al borde del milagro. Pero, al final pudo más el peso de los jugadores del equipo blanco. Un gol de Isco, ese pequeó genio incomprendido por Zidane, bastó para derrumbar un sueño.

Sin embargo, nadie se fue del estadio Vicente Calderón. La multitud aplaudió la épica pero insuficiente victoria de su equipo. Aplaudio su garra, su entrega y ese sentimiento de pertenenecia a algo espartano que el Cholo Simeone transmite, incluso a sus adversarios.

Grande la aficion del Atleti. Grande el equipo, grande Simeone. Grandes por regalarnos en clave de fútbol una actitud que uno debe tener ante la vida: vivir de pie, gritando y vociferando ya rondando en el polvo la cabeza, como decía otro argentino, como el Cholo, el poeta Almafuerte.

Como contrasta la actitud de la afición del Atleti con la afición de la selección de Argentina. La albiceleste ha logrado tres subcampeonatos seguidos. Dos en la copa América y una en el pasado mundial en donde enfrentaron a una Alemania que venía de humillar a Brasil en su casa 7 a 0.

Falló higuaín tres veces. Pero ningún ortro delantero anotó goles. Argentina perdió no por los fallos del pipita, sino porque los rivales fueron superiores. Pero lejos de animar a sus jugadores, casi todos estrellas en sus respectivos equipos, la afición de Argentina optó por odiarlos. HIguain, uno de los diez goleadores históricos de la Selección, anotados de más de 100 goles con el Real Madrid, 91 con Napoli, más de 30 en su primera temporada con la juve y contando.

Higuain el goleador record de Italia en una temporada, cosa que no logró Batistuta, ni Ronaldo, ni Maradona. Pero la afición lo odia. No hay cosa que más teman los jugadores argentinos, Messi incluído, que jugar en un estadio de su país en un partido oficial. Es menos hostil el ambiente en el estadio del rival. Esto solo se explica por la frustración colectiva de los argentinos por no lograr en el fútbol, un área en donde les sobra el talento, lo que quisieran lograr en aspectos más relevantes como nación.

Lo irónico que el gran creador de la nueva mística del Atleti, sea un argentino, quienes tienes en buena medida a la Juventus al borde de un triplete histórico sean dos argentinos, Dybala y el odiado Higuaín que no se cansa de meter goles contra las defensas más dificiles de cualquier liga.

Nadie es profeta en si tierra. Menos en esa veleidosa, hermosa, apasionante e ingranta nación que es Argentina.

AMORES EN TIEMPOS DE FACEBOOK

William Clark lo conocí hace unos meses. Estaba sentado frente a mí en aquel ambiente de tedio y maletas en una sala de abordaje del gigantesco aeropuerto internacional de Miami. Alto, pelirrojo, ojillos pequeños y azules, pecoso, flaco y desgarbado. Vestía con camisa a cuadros color rojo, jean desteñido y zapatos casuales gastados. Sus ademanes eran nerviosos.

Apestaba a tabaco rancio y grajo. Parecía uno de esos gringos idealistas que suelen alistarse en cualquier causa que les parezca justa en cualquier rincón del mundo.

Se me acercó para preguntarme algo sobre la novela que yo estaba leyendo: “La fiesta del chivo”. Me dijo que Vargas Llosa era su escritor latinoamericano favorito y que precisamente iba a Perú a casarse con una peruana. Me contó que mantenía una relación con ella por Internet desde hacía ocho meses, pero que aún no la conocía en persona. Habían intercambiado fotos y hablado por teléfono. Pero aún no se conocían físicamente. “Sin embargo sé que es mi alma gemela”, me dijo mientras buscaba ansioso en la bolsa de la camisa un cigarrillo que nunca alcanzaría a fumar en aquella sala de prohibiciones.

El hombre, un viudo con dos hijos adolescentes, estaba realmente emocionado. Lo escuché durante casi una hora hablar sobre su proyecto de trasladarse a las afueras de Iquitos, donde con su flamante esposa, una divorciada que lucía regordeta y bonachona en las fotografías que me mostró, cultivarían hortalizas y criarían pollos, como una versión amazónica de la familia Ingalls. Cuando nos despedimos intercambiamos correos electrónicos y prometió contarme sobre la inminente boda.

Efectivamente unos meses después William me escribió. Me dijo que era un hombre feliz. Los dos hijos de él y uno de ella se habían adaptado a la nueva vida. En el par de fotos que me envió aparecía una pareja radiante en pleno casorio civil y en la otra, William saludando desde un tractor en labores de agricultura. Desde entonces no he vuelto a saber de ellos. Ojalá sigan siendo felices.

Pero según he leído la mayoría de los amores virtuales no tienen un desenlace tan feliz. En 2006 Megan Meier, una adolescente de 13 años, se ahorcó en su habitación tras sufrir un doloroso engaño por parte de Lori Drew, una mujer cincuentona que se hizo pasar en el chat por un adolescente de 16, para seducir a la niña. Los hechos ocurrieron en la ciudad de O’Fallon, en el Estado de Missouri.

Lori, quien había puesto en su perfil una foto de un apuesto muchacho, dijo llamarse Josh Evans. Con esa mentira se convirtió en la obsesión de Megan. Después de cuatro semanas de horas y horas de chat diurno y sobre todo nocturno y furtivo, el supuesto joven cortó la relación con un lapidario mensaje: “He descubierto que en realidad eres una gorda y prostituta, no quiero seguir hablando contigo… el mundo sería un mejor lugar sin ti”. Tras ese mensaje cibernético Megan se suicidó.

Sus padres horrorizados encontraron a la chica colgando del techo. En la pantalla de la computadora leyeron el texto fatal. No fue difícil para los investigadores dar con la responsable del acoso. Todo se trataba de una venganza. Lori Drew era la madre de una adolescente con la que Megan había tenido una pelea verbal en la escuela. En 2008 un tribunal declaró culpable a Lori Drew y la condenó a varios años en la cárcel.

Otra mujer invirtió todos sus ahorros para viajar desde París a una ciudad de Canadá, para visitar por sorpresa a su amante, un supuesto joven, guapo y bronceado ejecutivo de una aseguradora, que resultó en verdad ser un regordete y calvo señor con una esposa y cuatro robustos hijos. La francesa regresó a su país para ser tratada por especialistas en depresión. Un señor mexicano perdió a quien había sido su esposa durante 15 años, cuando ésta decidió fugarse con un antiguo compañero que la había pretendido sin éxito en los tiempos de la secundaria.

Leyendo sobre las pasiones virtuales, recordé los tiempos cuando para conquistar a una chica había que mirarle a los ojos, las rodillas temblado y el corazón en la garganta, para ejecutar el terrible rito de la declarada. Si había suerte, suerte loca, la chica bajaba los ojos y emitía un discreto sí… nada más. Si no se nos venía la tragedia disfrazada con aquella odiosa frase de ” yo a vos te quiero pero como amigo”. Lloraba uno…. pero se continuaba viviendo.

Las redes sociales, para informarse, encontrar amigos y hasta para botar dictadores… pero para pasiones, mucho mejor la piel que la tecla.

CHAT

Ella estaba a punto de cumplir 50 años. La flor de la edad, como solía decir uno de los personajes de La Tía Julia y el Escribidor, una de las más célebres novelas de Mario Vargas Llosa. Una dieta rigurosa y una muy disciplinada rutina de ejercicios la mantenía bella. No bonitilla, sino bella.

Su pelo castaño claro y siempre muy bien peinado, salvo un mechón rebelde que solía caerle sobre la frente amplia, enmarcaba un rostro que parecía volverse interesante con los años. Las cejas arqueadas, sobre los ojos verdes, la nariz respingada y la boca como dibujada ofrecían un rostro atractivo. Era doctora en química nuclear, profesora universitaria, madre de dos hijos adolescentes y esposa de un tipo violento.

Habían sido compañeros en la universidad. Pero entonces él era un flaco, estudioso, guapo y buena gente. Se había graduado de biólogo y era también profesor universitario. Pero con el tiempo, poco más de un cuarto de siglo de casados, el hombre, como suele ocurrir, había cambiado mucho. Se había vuelto gordo. Más bien panzón, calvo y mal humorado.

No pasaba un día sin que le dijera algo ofensivo a su esposa. Nunca la golpeaba físicamente. Eso no. Pero usaba una violencia verbal que eran como latigazos en el alma. Le gritaba por cualquier cosa. La ofendía. Le decía frases como vieja menopáusica, aburrida y apestosa. Nada de eso era cierto. Pero él descargaba sus propias frustraciones en ella. Comenzó tomando todos los viernes por la noche, luego los sábados.
Muy pronto los domingos y cualquier día de la semana. Se había vuelto alcohólico. Ese tipo de alcoholismo de tres o cuatro tragos diarios, y dos botellas de fin de semana, que permite ir a trabajar todos los días, pero que va minando inexorablemente la salud del cuerpo, el alma y el corazón.

Con los chico era un tirano. También les gritaba por cualquier cosa. Ellos le tenían terror. En secreto, tanto ella como los muchachos le llamaban “El Ogro”. Ella ya no sabía si aún lo amaba o no. Pero no quería divorciarse. Era tan correcta que prefería sufrir el infierno de la cotidiana violencia verbal, que dejar, según sus palabras, sin un referente paterno a sus hijos.

Su destacada carrera como química nuclear la llevó a colaborar con trabajos muy afamados en las principales revistas científicas del país. Ello solo encendía aún más la rabia de su mediocre marido. Sus hijos, una pareja encantadora, su trabajo como científica y su mejor amiga, amiga del alma, una eminente psicóloga, le hacía sobrellevar una vida desgraciada al lado de aquel tiranuelo de papada inmensa, mediocre y alcohólico que volcaba con agresiones verbales en ella toda su mediocre vida.

Un día, ella recibió un mensaje de texto en el chat, de uno de sus alumnos. Un pelirrojo de unos 24 años. Alto, atlético, inteligente y muy amable. Nunca chateaba con sus alumnos. Solo lo hacía con sus colegas y por asuntos de trabajo. Juiciosa ella. Pero esa vez contestó el mensaje con un simple “hola”. Fue un impulso. El “Hola” se convirtió en una conversación.

La conversación en amistad. La amistad, poco a poco, palabra a palabra, en romance. Ella era una mujer vulnerable. El pelirrojo lo sabía. Era un experto. Había hecho una apuesta con su mejor amigo. Seduciría a la seria y bella profesora contra todo pronóstico. Y lo logró. Pronto ella, tan juiciosa, tan seria. Perdió la cabeza.

De las palabras tiernas, pasó a las ardientes, de las ardientes, al sexo cibernético, de la fantasía a la realidad. Enviaba poemas y selfies. Se desesperaba cuando pasaban algunas horas sin recibir un mensajito de texto de su joven amante. Su amiga le advirtió de que aquello no era amor. Era una adicción como cualquier otra, provocada por su desgraciada situación familiar.

Y aquello que comenzó con un simple mensaje de texto, que pasó por etapas de romance y erotismo terminó en una dolorosa tragedia.
“CHAT”, es mi última novela y ya se encuentra en librerías.

HOLA OTRA VEZ

Lo cierto es que no puedo dejar de escribir. Tengo que hacerlo. El cerebro no para de enviar mensajes a mis dedos para que cuenten o comenten algo. Lo que se me quitaron,  fueron las ganas de escribir sobre cuestiones políticas. Las razones las expuse hace unos meses en un columna semanal que mantuve por 16 años en otro medio.

Hay tantos temas para compartir, aportar un punto de vista o simplemente comentarlo. Pero pareciera que en el país, la pesada losa de la p olítica lo aplasta todo. Y no solo la política, sino la forma de hacer política, es manera de soslayar el argumento y disparar contra la persona. Es una locura. Tal forma de discutir no lleva a ningúna  parte, o por lo menos a ninguna buena parte.

Así que agradezco a La Prensa Grafica, la oportunidad de este espacio, para  que platiquemos sobre el amor, el arte, la literatura, y como no, el deporte y sobre todo el fútbol que tanto me apasiona. El formato de blog, me hace sentir más libre en la expresión. Siento que la comunicación puede ser más horizontal y enriquecedora.

De manera pues que “hola otra vez”.   Nos encontratremos por los menos dos veces por semana. Algunas pistas sobre mis pasiones. Coo decía la literatura en general, el futbol. Aficionado al Aguila, Napoli, Real Madrid, Boca Jr, el cine. He publicado algunos libros, el último de ellos CHAT, una novela erótica que está a la venta en las librerías del país y en formato digital en la librerias virtuales, www.leatodo.com  amazon. Hasta pronto amigos.