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Papá , ¿cuánto ganas?

El objetivo no es atacar, es crear conciencia en ti padre de familia que te afanas tanto en trabajar y trabajar…

Papá , ¿Cuánto ganas?

La noche había caído ya. Sin embargo, un pequeño hacía grandes esfuerzos por no quedarse dormido; el motivo bien valía la pena: estaba esperando a su papá.

Los traviesos ojos iban cayendo pesadamente, cuando se abrió la puerta; el niño se

incorporó como impulsado por un resorte, y soltó la pregunta que lo tenía tan inquieto:

-Papi, ¿cuánto ganas por hora? –dijo con ojos muy abiertos.

El padre, molesto y cansado, fue tajante en su respuesta:

-Mira hijo, eso ni siquiera tu madre lo sabe, no me molestes y vuelve a dormir, que ya es muy tarde.

-Si papi, sólo dime, ¿cuánto te pagan por una hora de trabajo? –reiteró suplicante el niño.

Contrariado, el padre apenas abrió la boca para decir:

-Ochocientos pesos.

-Papi, ¿me podrías prestar cuatrocientos pesos? –preguntó el pequeño.

El padre se enfureció, tomó al pequeño del brazo y en tono brusco le dijo:

-Así es que para eso querías saber cuánto gano, ¿no?. Vete a dormir y no sigas fastidiando, muchacho….

El niño se alejó tímidamente y el padre, al meditar lo sucedido, comenzó a sentirse culpable: “Tal vez necesita algo”, pensó, y queriendo descargar su conciencia se asomó al cuarto de su hijo y con voz suave le preguntó:

-¿Duermes hijo?

-Dime papi, respondió él entre sueños.

-Aquí tienes el dinero que me pediste.

-Gracias papi –susurró el niño mientras metía su manita debajo de la almohada, de donde sacó unos billetes arrugados-. ¡Ya completé! –gritó jubiloso-.

Tengo, ochocientos pesos…, ahora papá:

¿ME PODRÍAS VENDER UNA HORA DE TU TIEMPO?

Un corazón de niño

Queridos hermanos lectores, un gusto poder compartir unas líneas con ustedes. Les invito a que meditemos la Palabra de Dios de este domingo, que como siempre tiene un mensaje especial para cada uno de nosotros.
Evangelio según San Marcos 10,2-16.
Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”.
El les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”.
Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”.
Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer.
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
El les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella;
y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”.
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron.
Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
Palabra del Señor, gloria y honor a ti Señor Jesús.
Queridos hermanos, Jesús es claro en su Palabra. Ante la dureza e incredulidad de sus discípulos les pone el mejor ejemplo de cómo debe ser nuestro corazón: Como el de niño. El reino de los cielos pertenece a los que son como ellos. Ahora, yo te pregunto: ¿Tienes tú corazón como el de un niño? Posiblemente, estés luchando por tenerlo, pues de los niños debemos imitar su sencillez, inocencia y honestidad. Cualidades difíciles de cultivar, pero que, sin duda, nos acercan más a Dios.
Cuando oramos muchas veces pedimos por los demás, cosa que está muy bien, pero también debemos pedirle al Señor por nosotros mismos, pedir para que seamos más dóciles a su vos. Que ante este mundo que nos presenta tanta maldad, podamos ser luz para nuestro prójimo.
Por eso, querido hermano y hermana, este día te invito a que ores al Señor y le pidas un corazón de niño, un corazón lleno de su amor, pues de los niños es el reino de los cielos.

¿Cuál es tu cuerda?

Saludos en Cristo Jesús, queridos hermanos lectores que siempre están pendientes del blog de este servidor. Quiero compartir una historia que posiblemente ya hayas escuchado, pero que deja un gran mensaje.

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua inició su travesía, después de años de preparación, pero quería la gloria para él solo. Por lo tanto, subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo decidido a llegar a la cima.
Obscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada.
Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas eran cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo 100 metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires… caía a una velocidad vertiginosa, solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo… y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida, pensaba que iba a morir. Sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos.
¡SI!, como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.
En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar:
“AYUDAME DIOS MIO…”
De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó:
“¿QUE QUIERES QUE HAGA HIJO MIO?”
“Sálvame Dios mío”
“¿REALMENTE CREES QUE TE PUEDA SALVAR?”
“Por supuesto, Señor”
“ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE…”
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la
cuerda y reflexionó.
Cuenta el equipo de rescate que al otro día encontraron colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda…
A TAN SOLO DOS METROS DEL SUELO…

¿Y tú? ¿Qué tan confiado estas de tu cuerda? ¿Por qué no la sueltas?
Hermana/o lector ¿Cuántas veces nos pudo haber pasado esto? Queremos andar por el mundo haciendo cosas solo por nuestros medios, solo con nuestras fuerzas y al no lograrlo acudimos a Dios, pidiéndole milagros. Pero, qué pasa cuando Él nos quiere ayudar y nos pide que soltemos esa cuerda que nos ata, llámese dinero, placer, lujo, soberbia, envidia, en fin tantas cosas que nos separan de Dios. Simplemente, no la soltamos, vivimos aferrados a los placeres de este mundo, que sin darnos cuenta acaban con nuestra vida.
Por, en este día te invito a escuchar la voz de Dios y poner tu confianza plenamente en Él y a soltarnos de esas cuerdas que nos atan y quitan la vida. Te dejo con la interrogante ¿Cuál es tu cuerda?

El saco de plumas

Queridos hermanos lectores, me he tomado un momento desde la peregrinación en Tierra Santa, de la cual soy participe en estos días, con el objetivo de compartir unas líneas con ustedes.
Este día, les comparto la siguiente historia. Posiblemente te identifiques con el protagonista, pues todos estamos expuestos a cargar con un saco de plumas.
Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por la envidia que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado.

Tiempo después se arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre muy sabio a quien le dijo: “Quiero arreglar todo el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?”, a lo que el hombre respondió: “Toma un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas”.

El hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas.

Volvió donde el sabio y le dijo: “Ya he terminado”, a lo que el sabio contestó: “Esa es la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste.
Sal a la calle y búscalas”.

El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna.

Al volver, el hombre sabio le dijo: “Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedirle perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste”.

“Cometer errores es de humanos y de sabios pedir perdón”.

No hay duda, que por ser humanos cometeremos un sinfín de errores, lo importante es saber aceptarlos y enmendarlos. Pero, sobre todo, hacer la lucha por no caer nuevamente en ese error.
Dios como padre amoroso siempre nos brindará el perdón, pero como hijos suyos debemos procurar hacer las cosas bien, no tener envidias, rencores o cualquier sentimiento que ofenda tanto a Dios, como a nuestro prójimo, pues no sabemos cuán lejos lleguen esas plumas que esparcimos y cuánto daño podemos causar.
Por eso, te animo a seguir adelante en el camino de Dios, que no es fácil, pero que es muy bendecido.