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No te sientas invisible

Comparto esta bella reflexión que nos anima en esos momentos que podemos llegar a sentirnos poca cosa. Ánimo, Dios siempre mira tus acciones y las toma en cuenta.

Hace algún tiempo una señora me comentó –con no poco pesar– que no se sentía valorada en su hogar, que quizá no recibía toda la atención que merecía de su esposo ni el interés debido por parte de cada uno de sus hijos; que, en definitiva, muchas veces se sentía como si fuera “la mujer invisible”.

Recordé una historia real que quizá algunos de ustedes quizá también conocen. Es la historia de una mujer –la llamaremos María, pues no recuerdo el nombre exacto– que supo transformar y redimensionar ese sentimiento gracias a la fe, para lograr una familia más unida.

Cuenta María que entra a la habitación y nadie se da cuenta. Dice “apaguen la televisión, por favor”. Y no ocurre nada. Entonces lo dice más fuerte: “¡apaguen la televisión, por favor!”. Al final tuvo que ir a apagar la televisión ella misma. Entonces comenzó a entender: su marido y ella habían estado en una fiesta durante más de tres horas y ella ya estaba lista para irse. Se acercó a su esposo, que estaba platicando con un compañero de trabajo, para darle a entender que había que retirarse, pero él siguió conversando. Ni siquiera le respondió o dijo algo. Fue allí cuando se dio cuenta que no podían verla. Se dijo: “soy invisible”. A partir de ese momento lo empezó a notar más y más.

Un día llevó a su hijo a la escuela y la maestra le preguntó al muchacho: “¿con quién vienes?”. A lo que él respondió: “con nadie”. “Tenía cinco años, pero, ¿nadie?”, pensó por dentro la mamá…

Una noche estaba celebrando con sus amigas el regreso de un largo viaje de una ellas. La amiga contaba qué lugares había visitado, los fabulosos hoteles donde se había alojado, etc. María observaba a las otras mujeres que escuchaban la narración de la amiga. Se dio cuenta que, a diferencia de las demás, ella se había maquillado en el coche, que el vestido que traía no era nuevo (aunque sí lo único limpio que tenía) y que su peinado era un nudo en la parte trasera de la nuca. Se comenzó a sentir patética.

La amiga se acercó hacia ella y le dijo: “te traje esto”. Era un libro de las grandes catedrales europeas. No comprendía. Leyó la dedicatoria: “con admiración por la grandeza que tú estás construyendo cuando nadie lo ve”.

María se dio cuenta que en el libro no aparecía los nombres de las personas que habían construido las grandes catedrales. Entre hoja y hoja, tratando de encontrar los nombres de los autores, se dio cuenta que en la parte reservada al autor dice, en una y otra página, “anónimo”, “anónimo”, “anónimo”…

Esos autores terminaron sus obras sin saber que nadie notaría su trabajo. En el libro había una historia acerca de uno de los constructores que talló una pequeña ave en el interior de una viga que iba a ser cubierta por el techo. Alguien se le acercó y le preguntó: “por qué empleas tanto tiempo en realizar algo que nunca verá nadie?”. El libro también recogía la respuesta del constructor: “Porque Dios lo ve”.

Y María reflexionó: ellos confiaron que Dios lo veía todo; ellos entregaron toda su vida a un trabajo, un magnífico trabajo que jamás verían terminado. Ellos trabajaron día a día. Algunas de esas catedrales fueron construidas en más de cien años. Y eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de un hombre. Día tras día, ellos hicieron sacrificios personales sin pedir nada a cambio; trabajando día tras días por una obra cuyo nombre de autor jamás figuraría.

Y María recordó que había leído una “profecía” de cierto escritor: “jamás se volverá a construir una gran catedral”, porque no hay gente dispuesta a sacrificar la vida de esta forma.

María cerró el libro y fue como si oyera decir a Dios: “Yo te veo. No eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo noté. Veo cada comida que preparas, cada plato de lentejas que haces, y les sonrío a todos”. “Veo cada lágrima de decepción cuando las cosas no salen como deseas que salgan. Pero recuerda: estás construyendo una gran catedral que no será terminada durante tu vida. Y lamentablemente no vivirás para verla allí. Pero si la construyes bien, YO LO HARÉ”.

María recordó su vida personal de esposa y madre. Y pensó que su invisibilidad –de la que hablamos al comienzo– era ahora un punto de inflexión para ella, pero no una enfermedad que podía consumir su vida. Reconoció incluso la “invisibilidad” como la cura contra su egocentrismo, como el antídoto contra el orgullo… Y se dijo: “está bien que no vean, está bien que no sepan. No quiero que mi hijo les diga a sus amigos que traen de la escuela a casa: “no pueden creer lo que hace mi mamá, se levanta a las 4, nos prepara las tortas, cocina lentejas y nos lava la ropa…”. No quiero que digan eso. Quiero que él quiera venir a casa. Y en segundo lugar quiero que le diga a sus amigos: “les va a encantar estar ahí”. Está bien que no vean”.

Cuánto nos ayuda recordar una y otra vez que trabajamos para Dios. Nos sacrificamos para Él. Muchos nunca van a ver todo el trabajo, todo el sacrificio, todo el esfuerzo, a pesar de que lo hagamos correcto, a pesar de que lo hagamos bien. Pero Dios si lo ve.

Podemos estar seguros que la misión de esposa, la misión de madre, no es invisible nunca a los ojos de Dios. Que una esposa y una madre con fe es un apóstol dentro y fuera de casa; una apóstol que lleva a Cristo a los demás con su ejemplo de fe, con su amor a la Iglesia hecho vida y práctica sacramental.

En un discurso del Papa a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia decía: “Sólo poniendo a Cristo en el centro de la existencia personal y de pareja es posible vivir el amor auténtico y donarlo a los demás” (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, p. 7, 14 de febrero de 2010).

Recemos para que nuestras obras se mantengan como monumentos para Dios y construyamos con ilusión la catedral que cada uno debe construir.

Meditando con San Pablo

DOMINIO DE MI (EL NO)

“Sí uno es libre para hacer lo que quiera, pero no debe uno dejar que nada lo
domine”. (1 Co 6, 12)

El mundo te pone a la orden del día un abanico de oportunidades, depende del
discernimiento de cada uno para obtener lo positivo de la vida, y saber rechazar todo
aquello negativo que se te pone en bandeja, una serie de falsa diversión, propuestas
indecorosas, falsos ídolos; lo cual te obliga a tomar decisiones, que no te permiten ir
por la senda correcta, sin tomar el camino ancho y placentero, que al final del mismo,
nos pueda llevar al abismo, la muerte.

Tener dominio de ti, es tener la fortaleza necesaria de decir –NO- a lo que el mundo
negativamente te presenta, te invita perversamente hacer; ser capaz de rechazar
todo aquello que sea incorrecto, inmoral, corrupto, no dejar que nada te domine, te
controle, es tener templanza, negar el ofrecimiento de un cigarrillo, mas adelante
será una cajetilla, un trago de agua ardiente, luego serán tres botellas; a una
aventura que se puede convertir en una enfermedad tan grande como el SIDA; a ver
pornografía , mas adelante serás un enfermo quizá convertido en un violador.

Tú, debes dominar las situaciones, el grupo social, no ellos manejarte a su antojo,
no debes dejarte arrastrar por las mayorías, por la moda, la farándula. Ser libre para
tener dominio de ti mismo y di no con firmeza a las cosas que te llevaran al fracaso y
te alejan de Dios. “no te dejes vencer por lo malo” (Rom12, 21)

Debes de casar, el entendimiento con el dominio propio, (2 P1, 5) y obtendrás un
buen juicio, para tomar decisiones.

Escuchar y ejecutar

Querido asiduo lector, compartamos este bello pasaje bíblico, tomado del Evangelio según San Marcos 7,1-8.14-15.21-23.
Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,
y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados;
y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”.
El les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.
Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien.
Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.
Palabra del Señor, gloria y honor a ti Señor Jesús.
Hermanos:
El libro del Deuteronomio es una clave poderosísima para comprender todas las enseñanzas del Antiguo Testamento. Nos da una visión de conjunto de toda la Ley o Pentateuco poniendo el énfasis de los mandamientos en la actitud espiritual con la que se realizan. En particular se destaca la llamada de Israel, también llamada Shemá en la que se invita a amar a Dios con todo el corazón, la mente y las fuerzas. De modo que el motor de toda la legislación es el amor a Dios y al prójimo. El texto que hoy leemos nos recuerda que la primera acción es escuchar esa palabra con el corazón para poderla ejecutar; escuchar y ejecutar se convierten en fuente que nos permite hacer vida el Reino de Dios. Por esta razón se pide no añadir cosas accesorias e innecesarias, ya que las orientaciones de la Escritura, a pesar de su simplicidad, contienen todo lo necesario para hacer realidad el proyecto de Dios.
La carta de Santiago, en la misma línea del Deuteronomio, nos anima a juntar acción y reacción, la dimensión de la escucha y la dimensión de la realización. La Palabra, escuchad en oración, transforma nuestra existencia. La vida se transforma entonces, en un espejo que permanentemente nos devuelve el reflejo de nuestras acciones: Si actuamos movidos por la palabra, la reacción es el fortalecimiento de todas las realidades que están al servicio de la vida; de lo contrario, esa opción por Jesús se debilita y la fe del creyente pierde su eficacia. Leer personalmente la palabra, escucharla en comunidad y hacerla realidad en la cotidiana ayuda al creyente a mantener siempre clara su propia identidad cristiana y su vocación evangelizadora.
De igual modo, el Evangelio invita a mantener siempre fija la vista en la voluntad de Dios, manifiesta en la Sagrada Escritura. El problema planteado por los fariseos y escribas gira en torno a normas de higiene ritual que no son observadas por quienes siguen a Jesús. La comunidad cristiana da respuesta a esta inquietud acudiendo a la interpretación profética del Antiguo Testamento y en contra de la interpretación tradicional que no ayuda a crecer a la gente pobre, incapaz de cumplir con los estrictos y extraños requisitos de las normas rituales. La enseñanza de Jesús muestra cómo los profetas orientan la correcta interpretación de la ley, poniendo siempre el énfasis en la sinceridad de la intención.