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Él siempre nos perdona

Para muchos de nosotros, la excusa perfecta es decir: “Soy humano, y yo qué culpa”. Es la frase típica que buscamos ante una situación de pecado. Nos cuesta reconocernos pecadores y mucho más reconocer que alguien puede librarnos del pecado y nos invita a ya no cometerlo.

Humanamente es interesante detenerse a pensar en cómo todo aquello malo que hemos hecho por muchos años, y que nos hace tener cargo de conciencia (si es que la tenemos), vergüenza y, en el peor de los casos, alguna enfermedad, puede ser perdonado y curado divinamente.

Dios en su amor misericordioso y eterno perdonó nuestros pecados desde aquel día en que entregó a su hijo único por nuestros pecados. Nos dio la gracia eterna de poder reconciliarnos con Él a través del sacramento de la confesión, Y nosotros ¿qué hacemos?

Una alabanza dice: “Moriste por mi causa y mi salvación, no es justo que yo te pague con pecados y no con amor”. Qué hermoso sería que en ese momento de remordimiento, después de pecar, le dijéramos al señor estas palabras y nos comprometiéramos de corazón con Él, pues deberíamos de devolverle a Dios lo que en realidad se merece.

Un día expresaba un sacerdote salvadoreño algo muy interesante y coherente. Decía que “a Adán y a Eva Dios les prohibió comer del fruto y lo primero que hicieron fue comer; ahora Él nos invita a que comamos su carne y bebamos su sangre y no lo hacemos”, al parecer nos quedó la raíz contradictoria de nuestros primeros padres al ir en contra de la voluntad de Dios.

La misma palabra nos manifiesta el poder supremo del padre, delante de aquellos hijos a los que un día les confió grandes cosas y que no fueron fieles en los mandatos. En el libro de Samuel (12,7-10) podemos encontrar el ejemplo de perdón de los pecados de el rey David, donde el profeta Natán le dice al rey: “Dios te ha perdonado, no morirás”, después de haber matado prácticamente a Urías y quedarse con su mujer.

Yo te invito a que reflexionemos en lo que hemos hecho de nuestras vidas hasta la fecha. Pensemos por un momento de cuántas cosas Dios nos ha librado a pesar de nuestros pecados y en cuantas bendiciones nos da sin tener ningún mérito para recibirlo.

La confesión está abierta para que la reconciliación llegue a nuestras vidas y principalmente a nuestra alma. Busquemos los sacramentos y la gracia de Dios que siempre estarán a nuestro lado aunque nos olvidemos de su existencia cuando pecamos, ya que Él nunca se cansará de perdonarnos.

Una maravillosa experiencia a tu alcance

Este domingo, encontramos en el Evangelio una verdadera lección de humildad, amor y perdón, que estoy seguro transformará tu vida.

Antes, leamos el Evangelio:

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa.
Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume.
Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”.
Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro!”, respondió él.
“Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta.
Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.
Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado bien”.
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.
Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies.
Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies.
Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor”.
Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”.
Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?”.
Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce
y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor, gloria y honor a ti Señor Jesús.

En este evangelio podemos notar que San Lucas ha demostrado que Jesús se oponía a tanto a los fariseos como a los discípulos; aquí nos ofrece el motivo más profundo: Conocer al verdadero Dios porque les faltaba la experiencia del amor verdadero.

Los fariseos no querían estar en deuda con Dios porque les costaba sentirse perdonados; no sabían que entre Dios y nosotros el amor supone siempre que hemos sido perdonados. Nos puede parecer agradable el gesto de Jesús que perdona, pero lo que Jesús subraya es la capacidad de amar, para perdonar.
Muchas personas creen que perdonar es olvidar el mal que nos han hecho. Sin embargo, perdonar implica que podemos recordar aquella situación que nos lastimó sin que nos cause algún daño.

El poder sanador del perdón es increíble. Algunas personas se acercan a mí pidiendo consejos. Quieren salir de una depresión, de un mal entendido y ni siquiera están dispuestos a perdonar u olvidar la más mínima ofensa que le han realizado.

La experiencia de perdonar transformará tu vida. No lo dudes.

Hoy es el tiempo

Luego de una mañana muy atareada, me detuve un instante para buscar algo que compartir contigo. Me encontré una bonita reflexión sobre el valor del tiempo. Léela y envía este link a todos tus contactos para que se reanimen como yo cuando la leí.

Imagina que existe un banco, que cada mañana acredita en tu cuenta la suma de U$S 86.400.-
No arrastra tu saldo día a día.

Cada noche borra cualquier cantidad de tu saldo que no usaste durante el día.
¿Qué harías? ¡Retirar hasta el último centavo, por supuesto!

Cada uno de nosotros tiene ese banco.
Su nombre es TIEMPO.

Cada mañana, este banco te acredita 86.400 segundos.
Cada noche, este banco borra, y da como perdido, cualquier cantidad de ese crédito que no hayas invertido en un buen propósito.
Este banco no arrastra saldos, ni permite sobregiros.
Cada día te abre una nueva cuenta.
Cada noche elimina los saldos del día.
Si no usas tus depósitos del día, la pérdida es tuya.
No se puede dar marcha atrás.
No existen los giros a cuenta del depósito de mañana.
Debes vivir en el presente con los depósitos de hoy.

Invierte de tal manera, de conseguir lo mejor en salud, felicidad y éxito.
El reloj sigue su marcha.
Consigue lo máximo en el día.

Para entender el valor de un año: pregúntale a algún estudiante que perdió el año de estudios.
Para entender el valor de un mes: pregúntale a la madre que alumbró un bebé prematuro.
Para entender el valor de una semana: pregúntale al editor de un semanario.
Para entender el valor de un día: pregúntale a los amantes que esperan encontrarse.
Para entender el valor de una hora: pregúntale a quien debe cuidar a un enfermo.
Para entender el valor de un minuto: pregúntale a una persona que perdió el último tren.
Para entender el valor de un segundo: pregúntale a una persona que evitó en un instante un accidente.
Para entender el valor de una milésima de segundo: pregúntale a la persona que ganó una medalla de oro en las olimpíadas.

Atesora cada momento que vivas. Y atesóralo más, si lo compartes con alguien especial.

Ayer es historia.
Mañana es misterio.
Hoy es una dádiva.
Por eso es que se le llama EL PRESENTE.

Cuerpo y sangre para la humanidad

Una vez más hermano, agradecer tu lectura a este sitio.

Ahora que estamos celebrando Corpus Christi que es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, quiero compartir contigo algunas preguntas básicas, sobre la Eucaristía.

¿Qué es la Eucaristía?
La Eucaristía es uno de los siete Sacramentos. Nos recuerda el momento en el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

¿Qué condiciones pone la Iglesia para poder comulgar?

La Iglesia nos pide dos condiciones para recibir la comunión:
• Estar en gracia, con nuestra alma limpia todo pecado mortal.
• Cumplir el ayuno eucarístico: no comer nada una hora antes de comulgar.

¿Cada cuánto puedo recibir la Comunión Sacramental?

La Iglesia recomienda recibir la Comunión siempre que vayamos a Misa. Es obligación recibir la Comunión, al menos, una vez al año en el tiempo de Pascua, que son los 50 días comprendidos entre el Domingo de Resurrección y el Domingo de Pentecostés.
¿Qué hacer después de comulgar?

Se recomienda aprovechar la oportunidad para platicarle a Dios, nuestro Señor, todo lo que queramos: lo que nos alegra, lo que nos preocupa; darle gracias por todo lo bueno que nos ha dado; decirle lo mucho que lo amamos y que queremos cumplir con su voluntad; pedirle que nos ayude a nosotros y a todos los hombres; ofrecerle cada acto que hagamos en nuestra vida.

¿Qué hacer cuando no se puede ir a comulgar?

Se puede llevar a cabo una comunión espiritual. Esto es recibir a Jesús en tu alma, rezando la siguiente oración:

“Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar.
Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma,
pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente,
ven al menos espiritualmente a mi corazón.
Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti.
Amén”.