Archivo del Autor: Padre Martí­n Ávalos

Acerca de Padre Martí­n Ávalos

JESÚS SACRAMENTADO HA TRANSFORMADO MI VIDA ENTERA.

Libres del pecado que no queremos cometer

Hace muchos años, escudriñando la palabra de Dios, descubrí un texto bíblico que realmente me estremeció porque narraba claramente la lucha interior que vivía y me hizo comprender que no estaba solo en esta batalla y que no era el único al que le costaba seguir el camino trazado por Dios. Lo que encontré me ayudó a comprender por qué mi espíritu era animoso, pero mi carne débil. Aquellas palabras que me hicieron reflexionar fueron tomadas de la carta de San Pablo a los Romanos 7, 14-25.  

Dicho apartado dice “porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí. De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte?
¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En una palabra, con mi razón sirvo a la Ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado.”

Es impresionante el realismo con el que San Pablo nos habla de la concupiscencia, de esa inclinación por el pecado que tenemos. Muchos han visto en el texto un maravilloso recurso para aconsejar, más aun, para comprender la violenta lucha interior que todos en algún momento de nuestra vida libramos, y por la cual no debemos sentirnos mal. Recordemos que no es lo mismo sentir que consentir, ya que en el sentir no se presupone al consentimiento, como cuando llegan malos pensamientos; por el contrario en el consentir  se advierte la voluntad de mantenerse en ese estado.

Quiero que analices el siguiente párrafo, léelo con ojos de fe y si te sientes identificado, encontrarás la respuesta que Cristo te da.

Cuando la tentación llega y sentimos que no tenemos a donde ir, cuando la carne lucha por el control de nuestros pensamientos y surgen las sombras de confusión y uno siente que se desplomará, cuando la debilidad aumenta, y borra de nuestra mente el buen conocimiento; cuando las excusas sobran, y como San Pablo gritamos “¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte?”. Igualmente, cuando sientes que ya nada importa, recuerda el GRAN AMOR DEL PADRE, clama a Dios, invoca su auxilio, denuncia la tentación y entonces recibirás el poder que viene de lo alto que te concederá la gracia que aplacará la tormenta.

Como dice la Escritura: “Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”, (Rom 8,31-39).

Por eso, recuerda que la oscuridad dura hasta que la luz llega y la tentación desaparecerá cuando la gracia que Cristo te regala aquiete tu interior. Entonces, cuando eso pase, dirás con el apóstol “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.

Busca a Dios, denuncia ante Él la tentación y serás verdaderamente libre…

Y si haz caído en el pecado, Él te dará la fuerza para levantarte de nuevo.

EL MATRIMONIO: LO QUE ES Y LO QUE NO ES

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Cuando se habla de “matrimonio” es necesario saber que se quiere decir. En nuestros días este es un debate, será interminable si no nos aclaramos, a veces no se ignora su significado y su realidad, sino lo que se quiere es confundir y hacer conveniencias personales. Ante todo el matrimonio es una institución divino-natural de la unión entre un hombre y una mujer para realizar su vocación personal en el amor: tal unión esta abierta a la vida, es decir, que son capaces de procrear y educar a sus propios hijos. Este es el llamado “matrimonio tradicional”, no importa, así se ha humanizado el hombre.

El matrimonio es un derecho porque responde a las exigencias más íntimas del ser humano. Pero por ser un derecho de un bien muy grande también exige unos deberes, es decir, unas normas éticas y jurídicas que lo protejan. Así, por su importancia, el matrimonio tiene unas exigencias antropológicas que no pueden pasarse por alto. El matrimonio, que es entre un hombre y una mujer, necesita de un recto ejercicio de la sexualidad. Esta necesidad radica en la misma dignidad de la persona humana. En las uniones homosexuales esto, que es fundamental, no es posible, y no es discriminación, el hecho es que no responde a la naturaleza humana.

Ante esto cabe una pregunta, ¿Quién determina lo que es el matrimonio? desde los orígenes del hombre su naturaleza misma está abierta a la vida en el “creced y multiplicaos”; la sociedad, desde siempre ha potenciado y protegido la unión de un hombre y una mujer para procrear hijos y, por ultimo, la Iglesia que siguiendo el ejemplo de su maestro, ha enseñado que el matrimonio es una institución divina y natural en el hombre, “dejará el hombre a sus padres y su unirá a su mujer y los dos serán una solo carne”. El hombre está hecho para amar y vivir en sociedad, pues el hombre y la mujer son diferentes y complementarios en el matrimonio.

El matrimonio es para el amor de los esposos y transmitir la vida; cuando algo de esto falta no se puede hablar de matrimonio. Esto está por encima de la voluntad de los individuos y de las configuraciones culturales, es decir, a lo que quiere decir y hacer en cada momento de la historia: el matrimonio es algo sagrado, una institución no recibida de los hombres porque está inscrita en la misma naturaleza humana. Así ha sido siempre, así lo dice la Revelación de Dios y así lo enseña la Iglesia. El matrimonio es la escuela del amor y de la vida, aquí se aprende a amar y a vivir.

El matrimonio es una estructura estable y permanente entre un hombre y una mujer, hacia aquí esta ordenada la diferenciación y complementariedad sexual en la familia, ambos colaboran, como son, hombre y mujer, en la transmisión y educación de la vida de sus hijos.

El matrimonio es un bien para los esposos, los hijos, y la sociedad.

La familia así constituida es el verdadero núcleo de la sociedad. Este vínculo no depende de la mera decisión humana, sino que viene en la naturaleza humana, de tal manera que no es posible que sea de otra forma. ¿Cómo se concreta el bien de los esposos, de los hijos y de la sociedad?

El bien de los esposos está en la diferenciación y complementariedad sexual que es constitutivo en el ser humano, sea hombre o mujer. Su amor está abierto a la vida, su relación tiende naturalmente a un tercero. El bien de los hijos está en que nacen y crecen en el seno de una familia constituida donde se está abierto a la procreación y educación de los efectos de su amor – hijos – y por último el bien de la sociedad radica en su humanización. Es en la familia donde el hombre se vuelve más humano y aprende a convivir en sociedad.

Un matrimonio bien constituido es el germen de una sociedad más humana donde se respetan los valores antropológicos y éticos del hombre, allí es donde está la humanización y el verdadero progreso de la sociedad.

El matrimonio, por tanto, no son las uniones de hecho, las parejas de homosexuales o lesbianas, etc. No es invento cultural, no es producto meramente histórico. No son uniones que se construyen y perduran en el “amor”, no son relaciones prematrimoniales. No es organización represiva de la sociedad, no es la unión sexual como mera satisfacción del instinto sexual y por último el matrimonio no es sólo un ideal.

El amor hace el matrimonio y viceversa, pero este tiene exigencias éticas, antropológicas, sociales y jurídicas que no pueden faltar, porque se trata de la protección de un gran bien y de la misma humanización de la sociedad. La naturaleza no se equivoca y ésta necesita ser obedecida para que funcione por sus causes ordinarios. El amor y la apertura a la vida es lo que determinan al matrimonio entre un hombre y una mujer, distintos y complementarios para procrear y educar a sus hijos.

Dcno. Edwin Baños

EL ÉXITO ES FRUTO DEL SACRIFICIO

Muchas veces, nos hemos preguntado cuál es la clave del éxito o qué hacer para ser buenos cristianos y líderes a la vez. Ya sea en nuestro hogar, en nuestra comunidad religiosa o en el trabajo, necesitamos desarrollar algunas virtudes para dirigir o tomar decisiones con la sabiduría que Dios Padre, a través de su Espíritu Santo, nos da.

Como en los artículos anteriores, quise fundamentarme en las Sagradas Escrituras. En ellas, encontré la historia de Moisés un ejemplo perfecto de que el sacrificio es la clave del éxito.

Este personaje comenzó su vida como el príncipe de Egipto. Él tenía todo lo que un joven podría desear: dinero, poder, placer y mucho más; pero el conocer que sus hermanos hebreos estaban sufriendo en manos de los egipcios, lo impulsó a hacer algo al respecto. Después de matar a un egipcio agresor, Moisés pensó que podría vengar a su pueblo mientras permanecía en el palacio, como parte de la familia real. Al descubrir que este crimen se había hecho de conocimiento común (aun para el Faraón) Moisés comprendió que tenía que huir. Fue durante su tiempo en el desierto que él aprendió que un líder debe también renunciar a ciertos privilegios o comodidades y confiar en Dios.

Una vez se despojó de los beneficios que su investidura egipcia le confería, Moisés experimentó el favor de Dios y fue llamado a realizar el trabajo mediante métodos divinos en vez de humanos. Moisés no hubiera podido nunca realizar su tarea sin renunciar a su posición principesca.

De igual manera, tú debes abandonar el orgullo, impaciencia, soberbia, autosuficiencia, posición, control, popularidad, tiempo y comodidad, que a veces te alejan de Cristo, te confunden y no te permiten ver con claridad lo que está pasando en tu vida.

Ahora bien, si tu pregunta es ¿qué permitió a Moisés renunciar a todo?, reflexiona los siguientes puntos y encontrarás la respuesta.

SE ENCONTRÓ CON DIOS

Dios alejó a Moisés de todo aquello que constituía su propia seguridad. Él removió sus distracciones. “Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián. Y estando sentado junto al pozo, … Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro … se le apareció el Ángel de Dios en una llama de fuego en medio de una zarza …” Existen ocasiones en la que debemos dejarnos llevar por Dios a nuestro propio desierto para encontrarnos con él y con nosotros mismos.

FUE SINCERO CON DIOS

En su encuentro con el Señor no busca el engaño o la justificación, Moisés se reconoce débil ante un Dios todo poderoso. Así mismo, tú debes reconocer tus dificultades y analizar qué debes sacrificar para superarlas. Cuando lo hagas y como Moisés digas: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel? Entonces, escucharás una voz que te responde: Ve, porque yo estaré contigo …

Abraham, es otro ejemplo de que el sacrificio, ofrecido a Dios con amor, es la clave del éxito. Él también abandonó las seguridades que le ofrecía su país, su raza y su familia, (Cf. Gn 12,1) estuvo dispuesto incluso a sacrificar a su hijo se era necesario y por ello Dios le hará una de las promesas más impactantes del antiguo testamento “…tú serás el padre de una multitud de naciones. No te llamarás más Abram sino Abraham, pues te tengo destinado a ser padre de una multitud de naciones. Te haré fecundo sin medida, de ti saldrán naciones y reyes, de generación en generación. Pacto mi alianza con tigo y con tu descendencia después de ti: esta es una alianza eterna. Yo seré tu Dios y, después de ti, de tu descendencia.”


Para finalizar, quiero que busques muy dentro de tí y con toda franqueza te respondas ¿qué he sacrificado para convertirme en un autentico líder?, ¿cuáles han sido algunas experiencias de mi pasado donde Dios me llamó a entregarle algo para bien mío y de los que me rodean?, ¿cómo respondí?, ¿le he permitido a Dios que me lleve al desierto para romper la auto suficiencia y la auto promoción que hay en mi vida?, ¿a qué cosas me estoy aferrando que no me permiten alcanzar la felicidad y el éxito?

Recuerda, si existiera la necedad en Dios, sería más sabia que nuestra sabiduría, aprende a confiar en Él.

¿EXISTEN LOS ÁNGELES?

Es frecuente oír hablar de ángeles, y es muy probable que en medio de tantas opiniones resulten algunas herejías que pretendan distorsionar la verdadera función de ellos.

Como lo digo en muchas ocasiones, Dios ha creado seres para que le adoren eternamente. No los vemos ni los tocamos, sin embargo están ahí. Según la Sagrada Escritura, los ángeles, en cuanto criaturas puramente espirituales, se presentan a la reflexión de nuestra mente como una especial realización de la ‘imagen de Dios’, Espíritu perfectísimo. Los ángeles son, desde este punto de vista, las criaturas más cercanas al modelo divino. Su nombre proviene del latín angelius que significa mensajero.

Para entender mejor el papel que desempeñan los ángeles en la creación, es preciso hacer un breve recorrido por las sagradas escrituras, las cuales destacan desde el Antiguo Testamento la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe. Los Salmos, de modo especial, se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman “Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles”.

En el Nuevo Testamento, también el Señor pone de relieve las tareas de los ángeles respecto a la misión de Cristo como Mesías y, ante todo, con relación al misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Así también, la presencia de los ángeles está en la narración de la anunciación del nacimiento de Juan Bautista , de Cristo mismo, en las explicaciones y disposiciones dadas a María y José , en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor y en la protección del recién nacido ante el peligro de la persecución de Herodes.

Más adelante, los Evangelios hablan de la presencia de los ángeles durante el ayuno de Jesús en el desierto a lo largo de 40 días y durante la oración en Getsemaní. Después de la resurrección de Cristo será también un ángel, que se aparece en forma de un joven, quien dirá a las mujeres que habían acudido al sepulcro y estaban sorprendidas por el hecho de encontrarlo vacío: “No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos”. María Magdalena, que se ve favorecida por una aparición personal de Jesús, ve también a dos ángeles.

Los ángeles han estado presentes en todos los grandes acontecimientos de la historia de la salvación, recuerden como se presentan a los Apóstoles después de la ascensión de Cristo para decirles: “Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Son los ángeles de la vida, de la pasión y de la gloria de Cristo.

Si pasamos a la nueva venida de Cristo, es decir, a la “parusía”, hallamos que todos los evangelios sinópticos hacen notar que el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles. En la descripción del juicio final se habla también de la presencia de ángeles.

Se puede decir, por tanto, que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan en el modo que les es propio de la santidad de Dios, sino en los momentos clave, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica.

Los ángeles también están contigo, ya que son creaturas destinadas, en muchos casos, a la protección personal de los seres humanos. A ellos se les denomina ángeles custodios. Como nos recuerda el Salmo 90: “A sus ángeles ha dado órdenes. Te llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra”. Por eso me atrevo a decirte que Dios ha creado un ser especial para ti, para tu cuidado, para tu auxilio, para que en esos momentos de tribulación, cuando sientas que ya no puedes, te ayuden a seguir el camino trazado por Él para tu salvación. Y así gozar de su presencia y unirte al coro de los ángeles en el cielo para cantar sus alabanzas.

Dios te bendiga…