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Un yugo suave

Problemas económicos, problemas familiares, laborales, de iglesia, enfermedades, etc. ¡Dios mío¡ ¿qué más falta para que perdamos por completo la paz?.

Nuestro mundo parece estar rodeado sólo de problemas. Vamos a algún lugar y nos encontramos con una u otra cosa que nos hace pensar que los problemas no tienen fin. lo peor de todo es que no somos capaces o no hemos encontrado la manera de sobrellevarlos como se debe.

Más de dos mil años han pasado desde ese momento en que el mismo Jesucristo nos dio las palabras clave: “Vengan a mí los cansados y agobiados que yo los aliviaré.” Mt. 11,25.

Jesús nos invita a ser mansos y humildes de corazón como Él lo es.

La mayoría de nosotros en medio de la tempestad es lo que menos logramos tener, es lo que menos logramos ser. Cuando algún problema nos invade nos volvemos soberbios y hasta llegamos a pensar que los problemas son un mandato de Dios, que Él no está con nosotros, y que se ha olvidado por completo de que existimos.

¿No será al revés y nosotros somos los que nos hemos olvidado de Él?

En cierta ocasión, una señora me comentaba un sin fin de problemas que había tenido en su vida y, aun cuando hablábamos antes de una celebración eucarística, me comentaba que era Dios quien se había olvidado de ella. Comparando su situación con la de sus hermanos que por el contrario había sido de muchas bendiciones.

Mi respuesta fue preguntarle cómo era su relación con Dios y qué tan frecuente recibía el cuerpo de Cristo. Justamente su respuesta era de imaginarse

Muchas veces queremos echarle la culpa a Dios de nuestros fracasos y demás cosas que andan mal en nuestra vida, aún cuando sabemos que los únicos culpables somos nosotros mismos.

Por eso mis hermanos, les invito a que si en verdad nos sentimos mal por algo en estos momentos no le echemos la culpa a Dios, sino que atendamos su llamado a ser mansos y lo busquemos para encontrar el descanso en su corazón misericordioso.

Todo tiene una razón

Comparto contigo una especial reflexión que sé nos ayudará para transformar nuestras vidas.
Algunas veces las personas llegan a nuestras vidas y rápidamente nos damos cuenta de que ésto pasa porque debe ser así para servir un propósito, para enseñar una lección, para descubrir quienes somos en realidad, para enseñarnos lo que deseamos alcanzar. Tú no sabes quienes son estas personas, pero cuando fijas tus ojos en ellos, sabes y comprendes que ellos afectarán tu vida de una manera profunda.

Algunas veces te pasan cosas que parecen horribles, dolorosas e injustas, pero en realidad entiendes que si no superas estas cosas nunca hubieras realizado tu potencial, tu fuerza, o el poder de tu corazón.

Todo pasa por una razón en la vida. Nada sucede por casualidad o por la suerte; enfermedades, heridas, el amor, momentos perdidos de grandeza o de puras tonterías, todo ocurre para probar los límites de tu alma.

Sin estas pequeñas pruebas la vida sería como una carretera recién pavimentada, suave y lisa. Una carretera directa, sin rumbo a ningún lugar, plana, cómoda y segura, más empañada y sin razón.

La gente que conoces afecta tu vida. Las caídas y los triunfos que tú experimentas crean la persona que eres. Aún se puede aprender de las malas experiencias. Es más, quizás sean las más significativas en nuestras vidas.

Si alguien te hiere, te traiciona o rompe tu corazón, dale las gracias porque te ha enseñado la importancia del perdón, la confianza y a tener más cuidado de a quién le abres tu corazón.

Si alguien te ama, ámalos tú a ellos, no porque ellos te aman, sino porque te han enseñado a amar y a abrir tu corazón y tus ojos a las cosas pequeñas de la vida.

Haz que cada día cuente y aprecia cada momento, además de aprender de todo lo que puedas aprender, porque quizás más adelante no tengas la oportunidad de aprender lo que tienes que aprender de este momento.

Entabla una conversación con gente con quien no hayas dialogado nunca y escúchalos y presta atención.

Permítete enamorarte, liberarte y poner tu vista en un lugar bien alto. Mantén tu cabeza en alto porque tienes todo el derecho de hacerlo. Repítete a ti mismo que eres un individuo magnífico y créelo, si no crees en ti mismo, nadie más lo hará. Crea tu propia vida, encuéntrala y luego vívela.

LA EUCARISTÍA, PAN QUE SE PARTE PARA EL MUNDO

La Iglesia vive de las tres palabras que son dichas durante la consagración en la santa Misa: “Él tomó, partió y ofreció el pan”. En estas tres palabras podemos reconocer, durante la consagración en cada celebración eucarística, nuestra propia vocación como cristianos y para ello recibimos también las necesarias energías espirituales.

Jesús tomó el pan en sus manos, así como entonces tomó un cuerpo humano de María, la virgen.
En este gesto de asumir un cuerpo humano, ha tomado Jesús a todos los hombres, nada ni nadie es rechazado. Cada uno de nosotros puede decir de sí mismo: “Yo he sido asumido por el Señor”. Y en consecuencia, tiene cada uno de nosotros razón también de aceptarse a sí mismo. El que no se ha aceptado a sí mismo, tampoco puede darse a sí mismo. Es imposible regalar cien pesos cuando los bolsillos están vacíos. Antes del dar, está el recibir.

Como miembros de la Iglesia podemos tomar responsabilidad de nuestros hermanos y hermanas, porque anticipadamente hemos sido aceptados por Dios. Lo que Dios ha asumido, jamás lo abandona. Y quien ha sido aceptado por Dios ya no se pertenece más a sí mismo, sino que pertenece al Señor.

La Iglesia pone en buenas manos el Cuerpo de Cristo en la comunión. Ese pan no es una cosa, sino una persona. No es un “esto”, sino un “Tú”, el mismo Señor. Cuando estamos en contacto con el Señor, no debemos olvidar con quién estamos. La Iglesia recomienda en su ordenación a los servidores del altar, los sacerdotes: «Medita lo que haces. Imita lo que realizas». Somos recibidos por el Señor: Él tomó el pan. Él nos ha tomado para que nosotros seamos don, sí, para que seamos pan para los demás. ¿Dónde está nuestro hábitat? – en las manos de Dios. Ahí estamos siempre en buenas manos, y también nuestros hermanos. Aun cuando lo maltratemos, Él no nos deja nunca solos.

Estas tres palabras: recibir, partir y dar el pan, son introducidas con las palabras de la traición: «En la noche en que fue entregado». En donde se habla del mayor gesto de amor, se hace visible el más vil acto del hombre, la traición. Ante esto, Él tomó conciencia de que fue traicionado. Aun cuando nuestra fidelidad decaiga, no por eso se tambalea la fidelidad de Dios. Él te recibió y te sostiene, en su mano está tu hábitat. Yo creo, que esta es precisamente la base de nuestra inquebrantable confianza en el futuro. La mano de Dios que nos sostiene. Él tomó el pan, Él te acoge, tú estás en sus manos.

Él partió el pan
El camino que va de la palabra expresada al pan partido no es distante. La palabra dicha se convierte en el pan partido en la celebración de los Sagrados Misterios. El amor se quiere regalar. Por eso se reparte, y por eso se comparte. Dios está en el pan repartido. Cuando el Señor partió el pan en la posada de Emaús, se les abrieron los ojos a los apóstoles, y sintieron su corazón arder en su interior.

En el pan partido, Dios nos comunica su propia vida para que nosotros, con nuestras propias manos, lo repartamos a los hambrientos del mundo. Por esto ahora pedimos que reservemos un poco de “pan” en nuestras bolsas, para que tengamos algo para repartir, de manera que a los demás se les abran los ojos, como entonces a los discípulos de Emaús, y puedan sentir el ardor del corazón, y así experimentar en su interior al Señor en el pan partido. El pan que se nos confía en la Sagrada Comunión es pan partido, que le ha costado la vida al Señor para bien de las hermanas y hermanos.
Quien con sus dedos toca bronce dorado, se le pintan los dedos de oro. Quien toca el pan eucarístico partido, su vida debe ser partible, compartible y repartible. “Piensa lo que haces, imita lo que realizas”; esto le vale a cada concelebrante en la Santa Misa. El cuerpo que se nos entrega en la santa Comunión es el cuerpo partido de Cristo. El amor quiere regalarse. Para ello se parte. Preocupémonos de que siempre tengamos un poco de amor en el corazón y un poco de pan en la bolsa, para que, de esta manera, tengamos algo para compartir y así podamos permitir que los hombres se convenzan de la presencia del Señor.

El compartir ha sido siempre una señal para reconocer a los cristianos. En los primeros tiempos, cuando aún no había fotografías de pasaporte, se usaba un platito de barro para ese propósito. Cuando dos amigos se despedían por un tiempo largo, partían el platito en dos mitades. Cada uno llevaba una parte consigo, y cuando se volvían a encontrar después de muchos años, entonces mostraba cada quien su mitad y la juntaba a la del otro. Si resultaba un todo, se les abrían los ojos y se reconocían como los antiguos amigos. Él partió el pan para repartirlo y compartirse al otro. La existencia cristiana es una existencia compartida. Dios está en el pan partido.

La tercera palabra de la cual vive la Iglesia es: Él dio.
El Señor se entrega hasta lo último. Quien da, se hace pobre, pero quien da también se santifica. Jesús mismo lo dijo: Dar es más sagrado que recibir (Hch 20, 35), porque ello es más divino. Esta es la razón por la que en el Evangelio coexisten la pobreza y la santidad. Pobreza de corazón es uno de los muchos nombres de Dios. Dios vive como un limosnero del don que el da. El limosnero vive del don que recibe. Si a Dios se le pudiera prohibir el dar, dejaría de ser Dios. Quien por la Sagrada Comunión ha encontrado el gusto por el estilo de vida de Dios, abrirá siempre su mano para dar. Entonces participa de la pobreza y de la santidad de Dios. De hecho, uno de los más bellos títulos que se le pueden dar a un cristiano es el ser un “pobre y humilde” seguidor de Jesús.

La Iglesia, junto con Dios, vive del dar, que ella otorga, y por ello es bendita, al igual que el Dador de todos los dones, como Cristo. Debemos imitar este gesto de Dios en la distribución de la sagrada comunión. La Iglesia nunca está más enriquecida que cuando, con la patena llena, participa en la comunión, para distribuir al Señor.

De la misma manera, la Iglesia nunca está tan enriquecida como cuando los comulgantes abren sus manos y sus bolsillos para compartir el pan de cada día con los hambrientos. Si le prohibiésemos a la Iglesia este dar, la Iglesia dejaría de ser la Iglesia de Cristo. Si un cristiano no abriese más sus manos para compartir, entonces dejaría de ser un discípulo de Jesús.

¿Qué sería de un obispo sin aquellos hombres y mujeres que le encomiendan sus corazones y sus manos dispuestas a este dar? – Él sería sólo un pobre hombre y una pobre caricatura, ya que la Iglesia existe para dar.

En tiempos de Hitler se profanó un crucifijo, al cual le mutilaron los brazos y las manos. Después de esto, un párroco devoto recogió y colgó el torso de Cristo en su Iglesia, escribiendo al pie del mismo: «ahora no tengo más manos que las vuestras».

En cada celebración eucarística somos invitados a la renovación de nuestro inicio como cristianos; cuando durante la consagración el sacerdote dice: «tomó el pan, lo partió y lo dio», tú eres asumido y eres repartido y tú mismo estás ahí para dar. La participación en la Misa nos obliga a ir en la búsqueda de los hambrientos. Ellos tienen hambre de Dios y hambre de pan. Dios se encuentra en el pan partido.

Hermanos y hermanas, la Eucaristía nos invita a ser pan partido, a darnos a nuestros hermanos más necesitados. Pidámosle a nuestra Madre la Virgen María que interceda por nosotros para que realmente podamos ser ese pan partido. Así sea.

Todos perderemos la vida

Cuenta una de mil historias de un viaje hacia un lugar que no vale la pena mencionar o que por ahora no es necesario recordar. Sin embargo, lo que sí merece especial atención es lo que en aquella soleada mañana ocurrió.

128 personas que nunca se habían visto siquiera el rostro compartían un cierto temor natural cuando las turbinas del avión en el que se transportaban empezaron a elevar al artefacto. 15 minutos de total tranquilidad trascurrieron. Luego del perfecto despegue, las aeromozas verificaban que sus pasajeros estuvieran cómodos y sin ningún problema.

-Podría servirme un vaso con agua, por favor.
-Por supuesto.
-Gracias.
-¡Que tranquila está la mañana!, ¿verdad?
-Sí. Este ha sido el vuelo más tranquilo que he tenido.

De pronto, las nubes empezaron a tornarse de un color rojizo tan intenso que causaba cierto miedo entre la tripulación, pero que fue explicado por la aeromoza como algo natural.
No había terminado de hablar cuando una fuerte explosión, acompañada de una total oscuridad se apoderaron del valor y la tranquilidad de aquellos 128, ahora compañeros. Sin saber cómo, el avión estaba en medio de una columna de polvo y ceniza que había alcanzado la altura del aeromóvil y causada por una estrepitosa erupción de un volcán. Los residuos, en un dos por tres, atrofiaron las turbinas y todo dejó de funcionar. La vida de todos los pasajeros pasó frente a sus ojos y la idea de encontrar la muerte se hizo presente. De pronto, el piloto decidió inducir un giro que fue tan brusco que todos los pasajeros quedaron el suelo y esperando que sus vidas terminaran en ese mismo momento. Gritos, lamentos, recuerdos, impotencia y desconcierto era lo único que pasaba por la mente.

Para nesciencia de todos, el aparatoso movimiento retiró el residuo de ceniza y polvo que dañaba los motores. Aquel último y aparentemente mortal cambio fue lo que salvó la vida de todos. Al calmarse los ánimos, los pasajeros comprendieron que todo fue necesario, aunque ellos estaban en la oscuridad y no sabían lo que pasaba, su piloto era consciente de lo que hacía para bien de todos.

Así mismo ocurre en nuestras vidas. En muchas ocasiones necesitamos un giro de 180 grados para volver a lo bueno, a lo que nuestras vidas necesitan. Debe ser un movimiento brusco para sacudirnos todo lo malo que nos lleva a nuestra muerte.

Como aquellos pasajeros que creían que perderían la vida, muchos de nosotros nos vemos en medio de problemas que parecen imposibles de resolver; caminos tan turbulentos que aparentan no tener más fin que la muerte misma. Sin embargo, como en aquel avión el piloto sabía que tenía que dar un giro brusco, Dios es el que dirige nuestras vidas y permite esos movimientos para que luego venga la calma y la esperanza que habíamos perdido. Nos está sacando de las inmundicias que nosotros mismos hemos cosechado y nos regala una vida nueva.

Confiémos en Cristo, en nuestro piloto, en nuestro guía.