En una oportunidad anterior, escribí sobre las nuevas tecnologías y del hecho de ser coherente en cuanto a evangelizar y mantener nuestra cristiandad en ellas. Pero ahora, he logrado razonar otro enfoque sobre este fenómeno. Sobre todo dirigido a la juventud y al uso que este sector de nuestra sociedad hace de las mismas.
Es claro que en el mundo no existen objetos buenos o malos. Todo depende del uso que se le de a los mismos. Lo anterior lo ejemplifico con algo simple: Un cuchillo puede ser utilizado para preparar la comida de una familia hambrienta o para hacerle daño a alguien.
Con el anterior pensamiento en la mente, es evidente que las redes sociales, el Internet o incluso los celulares, por sí mismos, representan un elemento; el cual tenemos que mantener vigilados para el bienestar social.
¿Por qué las tecnologías que facilitan nuestras vidas pueden ser peligrosas? Aparente, estas “comodidades” están a nuestro servicio. Pero, el anterior pensamiento queda por el suelo, cuando reflexiono sobre todos los retiros de reevangelización que he presenciado. La expresión de cada joven, y alguno que otro adulto, cuando se les anuncia que no está permitido el uso de sus teléfonos durante todo el retiro, es a veces, preocupante.
Cierro y enfatizo en el siguiente aspecto: Nuestra capacidad de crecer en comunidad eclesial y sociedad en general está determinada y depende directamente de la intercomunicación entre nosotros como seres humanos. Las nuevas tecnologías facilitan la comunicación. Sin embargo, tanta comunicación o herramientas tecnológicas a veces nos envuelven en lo que algunos llaman la desinformación. Estamos tan inmersos en el ciber espacio que nos alejamos mas de los que están a una mirada de distancia. Estrechemos nuestras vidas y no permitamos que lo que nosotros mismos creamos para facilitarnos la vida, al final nos la destruya.
