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A UNA MIRADA DE DISTANCIA

En una oportunidad anterior, escribí sobre las nuevas tecnologías y del hecho de ser coherente en cuanto a evangelizar y mantener nuestra cristiandad en ellas. Pero ahora, he logrado razonar otro enfoque sobre este fenómeno. Sobre todo dirigido a la juventud y al uso que este sector de nuestra sociedad hace de las mismas.

Es claro que en el mundo no existen objetos buenos o malos. Todo depende del uso que se le de a los mismos. Lo anterior lo ejemplifico con algo simple: Un cuchillo puede ser utilizado para preparar la comida de una familia hambrienta o para hacerle daño a alguien.

Con el anterior pensamiento en la mente, es evidente que las redes sociales, el Internet o incluso los celulares, por sí mismos, representan un elemento; el cual tenemos que mantener vigilados para el bienestar social.

¿Por qué las tecnologías que facilitan nuestras vidas pueden ser peligrosas? Aparente, estas “comodidades” están a nuestro servicio. Pero, el anterior pensamiento queda por el suelo, cuando reflexiono sobre todos los retiros de reevangelización que he presenciado. La expresión de cada joven, y alguno que otro adulto, cuando se les anuncia que no está permitido el uso de sus teléfonos durante todo el retiro, es a veces, preocupante.

Cierro y enfatizo en el siguiente aspecto: Nuestra capacidad de crecer en comunidad eclesial y sociedad en general está determinada y depende directamente de la intercomunicación entre nosotros como seres humanos. Las nuevas tecnologías facilitan la comunicación. Sin embargo, tanta comunicación o herramientas tecnológicas a veces nos envuelven en lo que algunos llaman la desinformación. Estamos tan inmersos en el ciber espacio que nos alejamos mas de los que están a una mirada de distancia. Estrechemos nuestras vidas y no permitamos que lo que nosotros mismos creamos para facilitarnos la vida, al final nos la destruya.

Dios y yo

Estimado lector, quiero hacer una costumbre de todos los viernes, el hecho de compartir contigo la reflexión del Evangelio de cada domingo, pues recordemos que también en la Palabra podemos encontrar vida.
Para estar en sintonía, leamos este fragmento de las Escrituras tomado del Evangelio según San Juan 20,19-23.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Palabra de El Señor, gloria y honor a ti Señor Jesús.
Bien. Muchos de nosotros, luego de tanto tiempo del primer Pentecostés, seguimos teniendo miedo. Seguimos temerosos. No tenemos el valor suficiente para salir y enfrentar la vida con sus problemas y dificultades. Nos olvidamos que Jesús vino a salvarnos y nos dejó la promesa de su presencia y de su paz. Sobre lo de su paz, nosotros mismos nos hemos encargado de destruirla, pero bien, eso es tema de otro blog.
Algo que recalcar y recordar ahora es un tema que por sí mismo es polémico y se trata del perdón de los pecados, traído a colación en este Evangelio, los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan. Sé que genera confusión puesto que muchas veces se piensa que nosotros los sacerdotes como hombres perdonamos los pecados, pero eso no es así. A través del poder de Dios es que nosotros intercedemos para que los pecados sean perdonaos. No perdonamos nosotros, es Dios quien lo hace.
¿Si Dios perdona los pecados, por qué acudir a los sacerdotes a la confesión? Recordemos y pongamos las cartas sobre la mesa. Si me confieso Dios y yo en silencio, ¿qué me asegura o al menos intenta asegurar que estoy arrepentido y trataré de no volver a cometerlo? La confesión puede verse como un acto de humildad en el que nosotros nos reconocemos pecadores, ante un hombre y ello de alguna manera llega a hacer o provocar un verdadero dolor de los pecados y propósito de enmienda.
Comparto una explicación de la confesión para quedar mas claros: Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquél que en el Sacramento de la Confesión ejerce el papel de juez -el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente- y a la vez hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. (…) La acusación de los pecados es también el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona.

Cuantas y cuantos Feminas

Famina Famosina era un niña muy popular en su colegio. Era ingeniosa y divertida, y no se llevaba mal con nadie. No era casualidad que Famina fuera popular: desde pequeñita se esforzó en ser amable y saludar a todo el mundo, invitaba a toda la clase a su cumpleaños, y de vez en cuando llevaba regalos para todos. Era una niña muy ocupada, con tantos amigos, que casi no tenía tiempo más que para estar un ratito con cada uno, pero se sentía la niña más afortunada, sin ninguna duda era la niña con más amigos del cole y del barrio. Pero todo cambió el día que celebraron en el colegio el día del amigo. Aquel día estuvieron jugando sin parar, haciendo dibujos y regalos, y al final del día, cada uno hizo tres regalos a sus tres mejores amigos. Famina disfrutó eligiendo entre tantísimos amigos como tenía, pero cuando todos habían terminado y habían entregado sus regalos, ¡Famina era la única que no tenía ninguno!
Famina se llevó un disgusto terrible, y estuvo durante horas llorando sin parar “¿cómo era posible?”, “¿tanto esfuerzo para tener tantos amigos, y resulta que nadie la consideraba la mejor amiga?”.
Casi todos se acercaron un ratito a consolarla, pero se marchaban rápido, lo mismo que ella había hecho tantas veces. Y entonces comprendió que ella era buena amiga, compañera y conocida de mucha gente, pero no era amiga de verdad de nadie. Ella trataba de no contrariar a nadie, y hacer caso a todo el mundo, pero ahora descubría que eso no era suficiente para tener amigos de verdad. Así que cuando llegó a su casa hecha un mar de lágrimas, le preguntó a su madre dónde podía conseguir amigos de verdad.
– Famina, hija – respondió la madre – los amigos no son algo que se pueda comprar con una sonrisa o unas buenas palabras. Si quieres amigos y amigas de verdad, tendrás que dedicarles tiempo y cariño. Con un amigo de verdad tienes que estar siempre disponible, en las buenas y en las malas.
– Pero yo quiero ser amiga de todos, ¡tengo que repartir el tiempo entre todos!- protestó Famina.
-Hija, tú eres encantadora -respondió su madre- pero no se puede ser amigo íntimo de todo el mundo. No hay tiempo suficiente para estar siempre dispuesto para todos, así que tus amigos de verdad sólo pueder ser unos pocos. El resto serán buenos amigos y conocidos, pero no serán amigos de verdad
Y Famina se fue decidida a cambiar para tener amigos de verdad . Y cuando estaba en la cama viendo qué podía hacer para conseguirlo, pensó en su madre: siempre estaba dispuesta a ayudarla, aguantaba todos sus disgustos y problemas, siempre le perdonaba, y la quería muchísimo… ¡ eso era justo lo que hacen los amigos!. Y sonrió de oreja a oreja, pensando que ya tenía la mejor amiga que se podía desear.

Hasta el fin del mundo

Querido lector, esta vez quiero compartir una pequeña reflexión del Evangelio de este domingo, tomado de San Mateo 28,16-20.
Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Y ahora, luego de dos mil años, muchos todavía siguen dudando del poder de Jesús, de su presencia, de su poder. Nos volvemos discipulos que muchas veces aún postrados ante Él decimos: ¿Será que existes?

Hermanos, aunque parezca que todo va mal, que todo luce oscuro, que los problemas nos ahogan y nos atrapán en una red de la que no podremos salir, te aseguro  que todo va a cambiar.

Te recuerdo esa promesa que nos hizo nuestro hermano mayor y que se mencina en el Evangelio de este domingo: Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo.  Si hizo esa promesa, ¿crees que sea posible que nos deje a la deriva, sin rumbo y sin dirección?

No sé si tus problemas son sentimentales, espirituales, familiares, económicos o en el trabajo. No te desanimes, agárrete fuerte de Jesús, búscalo, Él te puede ayudar. Talvez no de la manera que tu crees o quieres pero lo hará.

Ahora no te está llamando a la montaña. Viene a tu corazón y a tu alma para llamarte y decierte aquí estoy y te acompañaré hasta el final.