Disfrazados de ángeles

Hermanos y hermanas, ya estamos en la tercera semana del tiempo de Cuaresma. Como en cada ocasión, deseo aportar palabras que sean luz para tus pasos. Hoy como todos los viernes, comparto contigo una reflexión del evangelio de este domingo 07 de marzo, tomado de San Lucas 13, 1-9.

Leamos:

Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los Galileos cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían.
Los Galileos eran gente fogosa que fácilmente se levantaban en revolución contra los extranjeros gobernantes romanos. Y Pilatos hizo algunas represiones especialmente violentas. Una de ellas consistió en vestir a los soldados romanos de paisanos y mezclarlos entre la multitud que iba a ofrecer sacrificios, y apenas empezaron a gritar los israelitas contra el gobierno, los soldados sacaron de debajo de sus mantos sus espadas y garrotes e hicieron una notable mortandad. De un hecho como este puede estar hablando esta frase del evangelio.
Jesús les contestó: -¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás porque acabaron así? Les digo que no. Y si no se convierten, todos pereceran lo mismo.
Jesús anuncia al pueblo judío que si no se convierte, les va a suceder que perecerán como estos pobres galileos, Y así sucedió el año 70: Vinieron los romanos con Tito y destruyeron a Jerusalén y pereció en gran número el pueblo de Israel.
Queridos hermanos, convertirse es dar una vuelta y dirigirse hacia el lado contrario a donde nos estábamos dirigiendo. Aunque cueste hay que hacer una profunda reflexión sobre nuestra vida.
A continuación, te proveo tres sencillos pasos para que examines tu vida y veas cómo retomar el camino del Señor.
Primero: Ver lo malo que hemos hecho, pensado o hablado, o el bien que pudimos hacer y no quisimos hacer. Es una radiografía de nuestra alma y de nuestra vida.
Si pudiéramos ver ahorita la radiografía de nuestra vida y de nuestra alma, quizás hasta nos desmayaríamos de horror al ver semejante monstruo tan repugnante. Examinarse es verse como se es en realidad, sin máscaras ni disfraces. Cuando éramos niños teníamos rostro de ángel y nos gustaba ponernos máscara de demonios. Ahora que somos mayores tenemos una vida y un alma de demonios y nos encanta disfrazarnos de ángeles. Y eso es fatal. Porque si no reconocemos el mal que hemos hecho, nos puede suceder como al que empieza a sufrir de tuberculosis o de Sida, que como no siente dolores cree que se halla bien de salud y no se hace tratamientos para mejorar, pero cuando se da cuenta de la gravedad de su mal, ya este es irremediable. Hay que tratar de conocer qué males tenemos en nuestra alma y no tratar de ponerles tapujos de excusas sino analizarnos en toda su crudeza, sin falsas compasiones. Ese es el primer paso: reconocer lo mal que hemos obrado mal.
El segundo paso para la conversión es sentir tristeza y disgusto de lo mal que hemos obrado. No es una rabia porque no nos han resultado bien nuestros planes como sucedió a Caín y judas. Eso sería remordimiento (remorder-morder dos veces). Esa amargura no lleva al cambio de vida sino a la desesperación. Es una tristeza suave pero profunda, una de esas tristezas de las cuales habla el Libro del Eclesiástico cuando dice: «Hay una tristeza que lleva al mal y al desaliento, pero hay otra tristeza que lleva al bien y a la conversión. Y esta tristeza es la que sentimos cuando nos damos cuenta de que hemos disgustado a Dios». Ahora lloramos como Magdalena, y después Jesús Resucitado nos llenará de consuelo como lo hizo con ella. Ahora nos echamos a llorar y suspirar como Pedro después de las negaciones, y después Jesús nos demostrará como a su apóstol que nos devuelve toda su confianza. Queridos hermanos: ¿Qué tan grande es la tristeza que sientes por haber ofendido al Señor? ¿De veras sientes disgusto por haberlo ofendido? ¿Hay que pedir al Señor el don de la verdadera contrición? Es un regalo que venia del cielo y hay que pedirlo frecuentemente. Los santos sentían arrepentimiento de sus pecados todos los días de su vida.
El tercer paso es un propósito firme: voy a cambiar. No puedo seguir así. «Me levantaré e iré a mi Padre».
Narra San Juan Bosco que en una visión oyó este mensaje: «Lo que más derrota a los enemigos del alma es hacer firmes propósitos de enmienda y esforzarse por cumplirlos. Darle importancia a cumplir los propósitos que se hacen cuando uno se confiesa o cuando hace examen de conciencia».
Y de una santa muy antigua se narra que en una visión nocturna vio el infierno lleno de gentes que sí se confesaban y sí examinaban su conciencia, pero no hacían propósito de enmienda o no se esforzaban por cumplirlos.

Que la paz de Cristo reine en tu corazón. Espero tus comentarios.
Att:
Padre Martín.

2 pensamientos en “Disfrazados de ángeles

  1. Ana Luisa

    Padre Ávalos, le doy gracias a Dios Todopoderoso, por las palabras que me ha regalado a través de su predicación y deseo que Él le siga iluminando, para llegar a las personas más necesitadas.
    Me veo en el hijo pródigo, pero esta vez el Padre ha entregado a Su Hijo, al verdadero Cordero, para ser matado y entregado por todos nosotros. Cada Eucaristía es esa Fiesta de Bienvenida a la hija o al hijo pródigo, donde ese Cordero se nos entrega completamente.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *