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Acerca de Padre Martí­n Ávalos

JESÚS SACRAMENTADO HA TRANSFORMADO MI VIDA ENTERA.

Fidelidad en todo momento

Quiero iniciar comentando que la fidelidad es un valor fundamental y aplica muy directamente con amigos, familiares y compañeros de trabajo, aunque regularmente se vincula más directamente a las relaciones de pareja entre novios y entre esposos.

La fidelidad es el íntimo compromiso que asumimos de cultivar, proteger y enriquecer la relación con otra persona. Lo cual garantiza una relación estable en un ambiente de seguridad y confianza que favorece al desarrollo integral y armónico de las personas.

Por extraño que pueda parecer, la fidelidad es anterior a la relación misma; debemos conocer y descubrir realmente lo que buscamos y estamos dispuestos a dar en una relación. La rectitud de intención nos ayudará a superar el egoísmo y hacer a un lado los intereses poco correctos.

Este valor no es exclusivo del matrimonio, es indispensable en el noviazgo porque no hay otra forma de aprender a cultivar una relación y hacer que prospere. No está mal conocer a distintas personas antes de decidir con quién sacar adelante su proyecto de vida, pero debe hacerse bien, sin engaños, procurando conocer realmente a la persona, dando lo mejor de sí mismos, teniendo rectitud de intención, siendo leal al plan de Dios, eso es noble y correcto. Así también, en nuestras relaciones de amistad, de trabajo, de la familia y en la iglesia.

También, debemos ser cautelosos en nuestros afectos y tratar con delicadeza y respeto a las personas del sexo opuesto,  mayor aún,  si ya existe otra relación o un compromiso con alguna persona en particular.

Una cosa es la cortesía y el trato amable, otra muy diferente los halagos, las excesivas atenciones y la comunicación de sentimientos e inquietudes personales. Estos intercambios hacen crecer un afecto que va más allá de la amistad y de la convivencia profesional porque se involucra a la persona en nuestra vida, en nuestra intimidad y siempre tendrá la misma consecuencia: faltar a la fidelidad. Por eso, es necesario ser muy cuidadosos con nuestro trato en la oficina, la escuela, con los familiares y en todos los lugares que frecuentamos.

La fidelidad no es atadura, por el contrario, es la libre expresión de nuestras aspiraciones, nos colma de alegría e ilumina cotidianamente a las personas. Una buena relación posee una serie de características que la hacen especial y favorecen a la vivencia de la fidelidad, pero deben cuidarse para que no sean el producto de la emoción inicial:

– Existe el interés por estar al lado de la persona, se procuran detalles de cariño y momentos agradables.

– Constantemente se hace un esfuerzo por congeniar y limar las asperezas, procurando que las discusiones sean mínimas para lograr la paz y la concordia lo más pronto posible.

– Se da poca importancia a las fallas y errores de la pareja, hacemos todo lo posible por ayudar a que las supere con comprensión y cariño.

– Somos cada vez más felices en la medida que se “avanza” en el conocimiento de la persona y en la forma en la que corresponde a nuestra ayuda.

– Compartimos alegrías, tristezas, triunfos, fracasos, planes… todo.

– Por el respeto que merece nuestra pareja, cuidamos el trato con personas del sexo opuesto, con naturalidad, cortesía y delicadeza; que a final de cuentas, es el respeto que tenemos por nosotros mismos

La fidelidad no es sólo la emoción y el gusto de estar con la pareja, es la lucha por olvidarnos de pensar únicamente en nuestro beneficio; es encontrar en los defectos y cualidades de ambos la oportunidad de ser mejores y así llevar una vida feliz.

Sin lugar a dudas, cuando somos fieles podemos decir que nuestra persona se perfecciona por la unión de dos voluntades orientadas a un fin común: la felicidad del otro. Cuando este interés es auténtico, la fidelidad es una consecuencia lógica, gratificante y enriquecedora.

Vivir la fidelidad se traduce en la alegría de compartir con alguien la propia vida, procurando la felicidad y la mejora personal de la pareja, generando estabilidad y confianza perdurables, teniendo como resultado el amor verdadero.

La fidelidad, un valor a descubrir. La verdadera fidelidad está en crisis, parece que ser fieles es cosa de tontos o de débiles. Por el contrario, sólo los fuertes de espíritu pueden ser fieles a su matrimonio, familia, vocación, amigos, y, sobre todo, a su iglesia.

INFLUENZA ESPIRITUAL

  

 

Actualmente, los medios de comunicación están plagados de información sobre la influenza AH1N1 en seres humanos. En abril de este año, la noticia de la existencia de la enfermedad en México causó temor en la población mundial. Toda actividad fue suspendida, al menos en el Distrito Federal (DF) y en el Estado de México.

 

La alerta trascendió todas las fronteras y el miedo a morir por la influenza fue creciendo y no tardó en apoderarse de nuestro país. Sin saber qué exactamente es la enfermedad, la discriminación por alguien que simplemente estornuda en el autobús es grande. Las miradas de los pasajeros flagelan a quien presente algún síntoma de resfriado; y la misma situación ocurre cuando estamos en medio de muchas personas en la eucaristía, en la asamblea o en la reunión de grupo.

 

La verdad es que la influenza porcina es una enfermedad respiratoria de los cerdos causada por el virus de la influenza tipo A, el cual provoca brotes comunes de influenza entre estos animales. Los virus de la influenza porcina enferman gravemente a los cerdos pero las tasas de mortalidad son bajas, en estos animales.

 

Algunas explicaciones apuntan a que, por alguna razón, el virus mutó y empezó a transmitirse de persona a persona. Se dio a conocer que el principal afectado fue México y al poco tiempo se reportaron casos en Estados Unidos, Latinoamérica y algunos países de Europa y el Medio Oriente.

 

A la fecha, parece que el virus no ha afectado gravemente a nuestro país y en México han disminuido la alerta y la actividad humana está volviendo a su curso.

 

Existen diversas especulaciones sobre este virus de la influenza AH1N1. Una de ellas afirma que la enfermedad no existe, otra que fue creada como una medida para impulsar la industria farmacéutica que estaba en crisis. “Si no creas guerras crea enfermedades.”, dice textualmente el correo en Internet. Donde además se hace una cronología que relaciona la última reunión de los siete países más poderosos del mundo con el brote de la enfermedad.

La verdad es que en esta situación son muchos cabos los que quedan sueltos. Lo que tenemos que hacer, como buenos cristianos, es agarrarnos fuerte de la Misericordia del Altísimo para que nos cubra con su bendición y  tomar las mayores medidas sanitarias posibles mientras la alerta disminuye.

Hay otras enfermedades a las que poca atención les prestamos, y no por ello  son menos peligrosas, estas son producto del virus del orgullo, del resentimiento, del odio, de la corrupción y otros malos sentimientos que son  más mortales que cualquier enfermedad corpórea, como dice la palabra de Dios en el evangelio de San Mateo  “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo”

Hermanos, estamos viviendo tiempos difíciles por la crisis económica y espiritual que nos asecha. No gastemos nuestro tiempo en desearle el mal a nuestro prójimo. Definitivamente, no hay nada más hermoso que vivir en armonía con nuestros semejantes. Con toda humildad y mansedumbre sopórtense con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. (Cf. Ef 4,2-3).

Trabajemos juntos por erradicar la influenza espiritual. El antídoto ya no los lo dio nuestro Señor Jesucristo, el amor. También, tenemos en los sacramentos una fuente inagotable de sanación.

Bendiciones…

 

Mujer y hombre los creó

La familia es un don precioso que forma parte del plan de Dios para que todas las personas puedan nacer y desarrollarse en una comunidad de amor, ser buenos hijos de Dios en este mundo y participar en la vida futura del Reino de los Cielos.

 

Actualmente, nuestra sociedad convulsiona porque las personas se dejan llevar por falsas morales y acomodan su forma de vida a lo más fácil (relativismo moral) Muchas de estas prácticas, paulatinamente, deforman la conciencia a tal punto que vemos normal el pecado.

 

Una de estas prácticas y un tema que está dando mucho de que hablar, en nuestro país como en el mundo entero, es el de la unión matrimonial entre personas del mismo sexo y la adopción de niños por parte de los mismos.

 

Los cambios culturales de las últimas décadas han influido fuertemente en el concepto tradicional de la familia, pues con estas uniones deforman su naturaleza divina. Sin embargo, a pesar de estas nuevas concepciones, la familia sigue siendo una institución natural dotada de una extraordinaria vitalidad y fortaleza celestial.

 

Al respecto de las uniones entre personas del mismo sexo, mi posición como sacerdote es la de la Iglesia en materia de doctrina, fe y buenas costumbres. El matrimonio es la unión estable entre un hombre y una mujer, así creados, unión natural y  querida por Dios para generar la vida en el amor conyugal.

 

Dicha posición tiene su base en la misma Sagrada Escritura. Ya que Dios desde la creación misma los concibió en su sabiduría infinita como hombre y mujer, los bendijo y les mandó crecer y multiplicarse para poblar la tierra (cf. Gen 1,27). Y para que esto fuera posible de un modo verdaderamente humano, Dios mandó que el hombre y la mujer se unieran para formar la comunidad de vida y amor que es el matrimonio (cf. Gn 2,19-24).

 

Partiendo de este argumento, la unión entre un hombre  con otro hombre o una mujer con otra mujer no puede generar vida de ninguna manera y rompe el Plan Divino de Dios para su pueblo que dice: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”, Gn 2,24. Es como si quisiéramos que la multiplicación uno por cero dé otro resultado que sería totalmente irreal.

 

 

En definitiva, nuestra responsabilidad como cristianos es esforzarnos por vivir en nuestras familias las enseñanzas del Evangelio, con autenticidad, y esto no margina ni vulnera los derechos de nadie, al contrario nos vuelve más conscientes que cada hombre y mujer es responsable de una manera u otra de la sociedad en la que vive, y por tanto de la institución familiar, que es su fundamento. Los casados, deben responder para que la familia que han formado sea según el designio de Dios; los que permanecen solteros, deben cuidar de aquella en que nacieron. Los jóvenes y adolescentes tienen una particular responsabilidad de prepararse para construir establemente su futura familia.

 

 

Que Dios bendiga las familias y aquellos que luchan por preservarla.

 

¿POR QUÉ BUSCAN ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?

¿POR QUÉ BUSCAN ENTE LOS MUERTOS AL QUE VIVE? Lc 24, 5

“Resurrectio Domini, spes nostra”

(La resurrección del Señor es nuestra esperanza)

ALELUYA, ALELUYA ¡Cristo ha resucitado! Se celebra hoy en este tiempo de pascua el gran misterio, fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha vuelto a la vida de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras.

El anuncio dado por los ángeles, al alba del primer día después del sábado, a Maria la Magdalena y a las mujeres que fueron al sepulcro, lo escuchamos hoy con igual emoción: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado!” (Lc 24,5-6).

Resulta fácil imaginar el sentimiento que embargó aquellas mujeres testigos del calvario de Cristo, y que ahora se veían sorprendidas ante un hecho demasiado sorprendente para ser verdadero. Sin embargo la tumba estaba abierta y vacía. Pedro y Juan, corriendo al sepulcro y constataron el hecho.

La fe de los Apóstoles en Jesús, el Mesías esperado, había sufrido una dura prueba por el escándalo de la cruz. Durante su detención, condena y muerte se habían dispersado, y ahora atónitos se ven sorprendidos no sólo por un anuncio de victoria sobre la muerte, sino por un encuentro real de ojos abiertos y corazón palpitante con el mismo Resucitado, que ante su sed de certeza se mostró ante ellos y les dijo “la paz este con ustedes” (Jn 20,19).

Ante aquellas palabras, reaviva en los apóstoles la fe casi apagada por las circunstancias, le contaron a Tomás, ausente en aquel primer encuentro extraordinario: ¡Sí, el Señor ha cumplido cuanto había anunciado; ha resucitado realmente y nosotros lo hemos visto y tocado! Tomás, sin embargo, permaneció dudoso y perplejo. Cuando, ocho días después, Jesús vino por segunda vez al Cenáculo le dijo: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente!”. La respuesta del apóstol es una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,27-28).

Es urgente ahora más que nunca que los cristianos del mundo renovemos también la profesión de fe de Tomás, porque la humanidad actual sedienta de testigos espera de nosotros una autentica resurrección personal; que congregue con el testimonio a los hijos de Dios y ofrezca un verdadero encuentro con Cristo Jesús, como verdadero Dios y verdadero Hombre, que salva, sana, transforma y libera.

Si en Tomás podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Cristo vive, Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.

Nosotros también podemos ser tentados por la incredulidad de Tomás, especialmente cuando el dolor, el mal, las injusticias, la muerte, las gerras, las enfermedades asechan nuestras vidas queriendo sofocar nuestra fe, no obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida y por sus llagas hemos sido curados (1 P 2,24)

En efecto, la resurrección de Jesús no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en la raíz con la superabundancia de su gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte. “Que se amen los unos a los otros – dijo a los Apóstoles antes de morir – como yo los he amado” (Jn 13,34).

Hoy la Iglesia ora, invoca a María, Estrella de la Esperanza, para que conduzca a la humanidad hacia el puerto seguro de la salvación, que es el corazón de Cristo, la Víctima pascual, el Cordero que “ha redimido al mundo”, el Inocente que nos “ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre”. A Él, Rey victorioso, a Él, crucificado y resucitado, gritamos con alegría nuestro ALELUYA.

“Resurrectio Domini, spes nostra”, “la resurrección del Señor es nuestra esperanza” (San Agustín. Sermón 261,1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza.

FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN.